Venezuela en el laberinto de la transición

Opinión | Por Ramiro Albina |

En este artículo vamos a partir de un hecho básico: la situación de crisis humanitaria y autocratización del poder político en Venezuela. Reconocer esta situación no es algo que requiera un esfuerzo intelectual importante, pero, sin esa premisa, el tema del que trata esta columna no tendría sentido. Por lo tanto, no es de interés en este caso discutir con aquellos que niegan la situación venezolana con un discurso vergonzoso y desde hace mucho tiempo distante de la realidad (un intento modesto en este sentido lo intentamos en un artículo anterior). Tampoco nos interesa plantear una discusión en términos de izquierda-derecha. La utilización de estas categorías no tiene demasiada relevancia cuando lo que está en juego es una disyuntiva entre democracia y autoritarismo. Quienes creemos en la democracia en sí misma podemos tener preferencias inclinadas hacia uno u otro lado, pero siempre preferiríamos un gobierno democrático de signo ideológico contrario antes que uno autoritario de los “nuestros”.

Venezuela volvió a ser noticia el 30 de abril cuando en la madrugada se conoció un video de Juan Guaidó (Presidente de la Asamblea Nacional y reconocido como Presidente Encargado por alrededor de 50 países) junto al dirigente Leopoldo López (quien se encontraba en prisión domiciliaria), anunciando el comienzo de la “Operación Libertad”. Finalmente, este no logró el apoyo militar esperado, la movilización opositora fue reprimida, y López terminó refugiado en la Embajada de España. Maduro logró una vez más aquello en lo que más éxito ha demostrado tener: durar.

En esta capacidad del gobierno de aferrarse al poder, bloqueando paulatinamente los canales de acceso legítimos, hay una responsabilidad de parte de los gobiernos de la región que han permitido, y en algunos casos avalado, que la situación venezolana llegue a este punto límite. La retórica de integración regional y la conformación de esquemas de cooperación no lograron (o no quisieron lograr) evitar la creciente autocratización del poder en Venezuela, a pesar de las alarmas que se venían encendiendo desde hace tiempo. Esta incapacidad o falta de voluntad tuvo dos consecuencias fundamentales: en primer lugar, transformó lo que en un principio era un problema de política interna en una pieza más dentro del ajedrez geopolítico mundial. En segundo lugar, al mirar para otro lado mientras el gobierno venezolano se tornada cada vez más autoritario, violando derechos humanos y viéndose implicado en graves casos de corrupción y narcotráfico, los costos de abandonar el poder aumentaron enormemente. En una democracia competitiva, la derrota electoral del oficialismo significa solamente pasar al llano durante un tiempo, esperando por volver al gobierno. Pero cuando lo que está en juego en una derrota es la prisión o la vida, esta deja de ser una opción para quienes corren ese riesgo.

Sin embargo, algo puede estar cambiando desde el 30 de abril. Esta pequeña fractura en un sector de las Fuerzas Armadas (algo que no había sucedido anteriormente), junto con la profundización de la crisis económica y de los servicios públicos esenciales, hacen muy difícil pensar que el gobierno pueda volver a la situación hegemónica de años atrás. Por lo tanto, se habla cada vez más, y con un poco de optimismo, sobre la posibilidad de que finalmente se avance en una transición (incluso hay trascendidos sobre posibles negociaciones secretas). Hay que ser precavidos en este punto ya que quizás sería un error pensar la salida venezolana en términos del esquema de transiciones de décadas anteriores. El autoritarismo venezolano es uno de nuevo tipo. No es un régimen surgido de un golpe de Estado encabezado por un grupo de militares que se quedan en el poder por tal cantidad de años, sino que fue producto de una lenta descomposición de las instituciones democráticas desde el interior de las mismas por un partido con control militar (debate que se avivó recientemente con la publicación de “Como mueren las democracias” de Steven Levitsky y  Daniel Ziblatt). Este hecho, sumado a un contexto global cuyas condiciones no son las más favorables para las democracias, hace que las soluciones de manual recetadas puedan no garantizar necesariamente el éxito.

No hay nada que asegure que el gobierno no vaya a triunfar en su empresa de mantenerse con uñas y dientes en el poder (hablamos de gobierno y no solamente de Maduro, ya que también existe la posibilidad de una transición dentro y no de régimen). En este sentido, el desafío principal de la oposición es generar las expectativas y condiciones para una oferta transicional que pueda quebrar a la coalición dominante del gobierno, hoy sostenida fundamentalmente por el apoyo de los principales mandos militares. Una transición lo más pacífica y al menor costo social posible sólo puede ser el resultado de una negociación. Sin ella difícilmente se podrá salir de una situación en la que ningún bando puede imponerse definitivamente sobre el contrario.

En caso de que la oposición logre sumar cada vez más voluntades militares, en un contexto de suma cero, donde encontrarse del lado de los perdedores tiene costos altísimos, abdicar en la negociación y apostar a una estrategia de a todo o nada, generaría la posibilidad real de un enfrentamiento armado. En ese escenario, que hoy no es el más probable, los costos sociales serían incalculables y podríamos despedirnos del Estado venezolano. Esto significa que, sin una derrota militar (la única forma en la que pueda haber un castigo masivo a todos los responsables), la transición solo es posible pactando, ya que la certeza del castigo hace que desaparezca cualquier incentivo para abandonar el poder. En el contexto de una transición, el castigo de los crímenes cometidos por un régimen autoritario es ciertamente el tema más difícil. Se trata de esas situaciones en las que lo es deseable entra en tensión con lo que es viable.

Nada de esto será posible sin una fractura en los mandos militares que obligue al gobierno a sentarse en una mesa de negociación en serio (no las farsas que ha venido planteando el oficialismo para ganar tiempo), y sin una unidad opositora que se agrupe en torno a una estrategia viable en la práctica y una comunidad internacional que acompañe firmemente este proceso (para lo cual podría ser de gran utilidad un país como Cuba jugando un rol de “intermediario”). Si se abre esta posibilidad, donde los más moderados de ambos bandos deberían ser quienes la lideren, tendrá que asegurarse que la transición sea estable y dure en el tiempo mediante una estrategia conjunta, con un manejo responsable de las expectativas, y un difícil consenso acerca del límite hasta el cual pueden llegar las amnistías y los castigos. Una transición que permita al nuevo régimen consolidar su legitimidad y reconstruir una sociedad fracturada, marcada por un éxodo masivo y años de profunda división política, junto con una capacidad productiva destrozada.

Por lo tanto, para plantear las posibles alternativas de transición primero deben darse las condiciones de su posibilidad. Otro escenario posible, es aquel en que los sucesos del 30 de abril sean utilizados como la excusa perfecta para intensificar la persecución de opositores. En esta dirección, el Tribunal Supremo de Justicia ordenó enjuiciar a siete diputados y la detención del vicepresidente de la Asamblea Nacional, Edgar Zambrano, ahora con prisión preventiva en una cárcel militar. Si el gobierno logra mantener el apoyo militar, los riesgos de una radicalización de la dictadura venezolana son altos y su permanencia en el poder no estará en verdadero peligro.

* El autor es estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires

Bolsonaro: otro motivo para entender el totalitarismo

Por Milton Rivera* |

 

“En la medida en que el surgimiento de gobiernos totalitarios es el acontecimiento central de nuestro mundo, comprender el totalitarismo no es indultar nada, sino reconciliarnos con un mundo en que tales cosas son posibles”, dijo alguna vez Arendt, la filósofa judía para dejar clara su postura en el análisis del nazismo como fenómeno. Esta afirmación no pretende establecer ningún punto de comparación entre lo que sucede con los gobiernos totalitarios elegidos mundialmente y el movimiento encabezado por Hitler en Alemania. Sólo configura una postura que fuera quizás el motor de esta nota.

La inminente asunción de Bolsonaro en Brasil requiere algunas consideraciones fundamentales para no caer en pensamientos fáciles o simplistas. En primer lugar alejar el fenómeno de lo conocido. Es decir, suprimir esa insolente costumbre que tiene el cerebro de funcionar por metáfora y metonimia: no mirar a Bolsonaro con ojos argentinos. Seamos brasileros por un momento. Salvo cuestiones generales, no existen grandes puntos de comparación entre Brasil y Argentina, ni tampoco de sus líderes. Por el contrario, existen diferencias. Lula no es Néstor, Dilma no es Cristina, Bolsonaro no es ¿Aldo Rico? ¿El diputado Olmedo? ¿Milei? Innecesario y confuso. En segundo lugar, entender la génesis de esas diferencias que nos hacen sustancialmente distintos en materia cultural y política, como en el plano de las fuerzas armadas, que en Brasil todavía gozan de una reputación y una valoración positiva (principalmente por el milagro económico brasileño de 1968-1973 que significó un aumento del 15% del PBI, y la diferencia sustancial de haber desaparecido 300 personas en lugar de 30.000 como en Argentina).  También, no perder de vista el sesgo fuertemente religioso, y de una vigencia cada vez mayor, que inunda la sociedad brasilera e influye de manera explícita en las elecciones de la gente: las oraciones evangélicas. Y por último, tratar de racionalizar el fuerte rechazo anti PT que caracterizó toda la contienda electoral.

Pero además, resultaría tanto más beneficioso olvidar por un momento –o de una vez y para siempre- la noción que los analistas políticos o consumidores del medio seguimos utilizando a pesar de su arcaísmo: izquierda y derecha. Seguir ubicando personajes en estos dos grandes clivajes aún hoy termina siendo confuso y a veces hasta mal intencionado cuando cualquiera de nosotros es capaz de identificar el sesgo popular o no de una determinada proclama política. El jefe de redacción de la revista Noticias, Edi Zunino, dice que Bolsonaro le recuerda mucho a Hugo Chávez, “algo que sin dudas molestará a chavistas nostálgicos como a repentinos bolsonaristas”. Se refiere al Chávez teniente coronel del Ejército que en 1999 se sacaba fotos abrazado a Menem, con quien intercambiaban elogios.  El que comenzó un proceso político tratando de ser silencioso, amigo de amigos de los norteamericanos, y terminó generando el estruendo más grande de América Latina y el recelo de los muchachos de arriba. El nuevo presidente de Brasil reivindicaba a Chávez, Macri admiraba a Lula y Cristina supo entender a Trump, el mal menor anti-establishment. Entonces la línea se vuelve difusa y cuando las cosas empiezan a complicarse hay quienes sacan a relucir esa carta: el zurdaje y el conservadurismo de derecha como términos peyorativos. Lo único claro al final termina siendo el hecho de que el autoritarismo no distingue orientaciones políticas.

En ese contexto uno se pregunta si el Bolsonaro candidato será distinto al Bolsonaro presidente. Es difícil saberlo pero todo parece indicar que inevitablemente será más político. Incluso su discurso inmediatamente después de la victoria ha sido más moderado, y su compañero de fórmula, Hamilton Mourao, reprendido cada vez que deslizaba los comentarios más extremistas. De lo que sí no quedan dudas es del autoritarismo que será condición fundamental de su gobierno. Lo cierto es que cualquier interpretación es fruto de suposiciones y de teorías contrafácticas. Por lo pronto, el capitán electo pondrá todo su esmero en la reforma laboral y previsional que empezó Temer, y buscará generar consenso entre los principales inversores para que comiencen a interesarse en un país que emerge. Además, esta situación se enmarca en el anhelo de disputarle a Macri su posición privilegiada como líder regional. Otra duda que se plantea es si la situación económica (de ser favorable) funcionará como legitimadora de las reformas sustanciales en materia social y de seguridad que prometió implementar, o si la cuestión es al revés: si su gobierno se apoyará inicialmente en todas estas reformas que proclamó en campaña para fortalecer su imagen, y a partir de ahí definir la directriz económica de la mano de Paulo Guedes. ¿Será la economía, estúpido? ¿O la política?

07/11/2018 Encontro com Jair Bolsonaro, Presidente da República

La nueva moda de los discursos autoritarios

Sobre lo que sí se puede establecer un análisis sin suposiciones es sobre la manera en que el ex paracaidista del ejército llegó al Palacio Do Planalto. El mensaje parece repetirse con distintos matices en algunos países y en diferentes campañas. Es la necesidad de plantearse una antítesis: eso es lo que no queremos ser, y a eso nos están empujando. Todos sabemos qué es lo que nadie quiere ser en este continente: Venezuela. Además del rechazo a los políticos de cepa, principalmente al PT (hoy visto como el establishment) y la consecuente consideración de los políticos marginales como Bolsonaro, el discurso apuntaba a proclamar algo que en definitiva termina siendo mentira. O mejor dicho, termina siendo una trampa. La dictadura venezolana al final es una carta que los partidos más ajenos a ella supieron utilizar para ser elegidos y llevar adelante planes de gobierno que quizás de haber sido puestos sobre la mesa más explícitamente, no hubiesen tenido el resultado esperado en las elecciones. Pero en todo caso, más que una crítica a estos movimientos conservadores que surgen, es un cuestionamiento a la falta de percepción de ciertos dirigentes para adaptarse a lo que pide o quiere escuchar la gente. Si bien «la gente» como generalidad es un nombramiento peligroso, entiéndase como una opinión pública demandante de cuestiones que antes no tenían lugar. Y el PT falló en eso.

Evidentemente el mundo está cambiando. En un contexto encabezado por posiciones proteccionistas, aislacionistas y fuertemente nacionalistas, lo de Brasil puede pensarse como el primer guiño sudamericano a una tendencia que se teme en ascenso. Pero todo es cuestión de discursos: el del bolsonarismo se enmarca en todo esto -tornar grande o Brasil novamente, un remake del slogan trumpista. Porque con solo pensar que se puso en peligro la integridad del MERCOSUR,  resulta inevitable ver este fenómeno sumergido en una ola de ideas que pregonan las rupturas de los bloques de integración alrededor del mundo: Theresa May y Giuseppe Conte (y su viceministro en ascenso, Matteo Salvini), por la Unión Europea. Esto es: no subestimar el discurso que se pone de moda.

Pero si hablamos de discursos lo que evidentemente resulta novedoso en este caso es la forma del quehacer en la campaña: explícitamente a favor de mantener –o profundizar- desigualdades sociales. Con una violencia aún más feroz que en Estados Unidos en 2016, y más salvajismo. De todas formas, parecería difícil que esta modalidad se convierta en materia exportable a ciertos países latinoamericanos (especialmente Argentina).

En plena dictadura militar Roberto Da Matta, un antropólogo brasilero, presentó un ensayo para intentar descifrar cómo funciona una cultura intrínsecamente autoritaria. Dice allí que en líneas generales,  la sociedad brasilera no acostumbra a discutir jerarquías y que cada uno respeta el lugar que ocupa. Es, si se quiere, una sociedad poco contestataria. Índices casi inamovibles de desigualdades económicas, de violencia social y discriminación racial a lo largo de los años, hacen suponer que la experiencia del PT fue un paréntesis en un país en el que todo el tiempo se señala el lugar que cada persona tiene que ocupar y se marcha sin chistar. Está claro que el PT significó grandes avances y logros para una clase desprotegida, pero si lo vemos desde esta perspectiva cabe preguntarnos si al final los dirigentes no supieron empoderar verdaderamente a la clase trabajadora con algo más que esos logros. O si todo en la política otra vez es cuestión de discursos y si es ahí donde fallaron Haddad, Lula y Dilma. Si es así, sería al menos tranquilizador afirmar que lo de Bolsonaro es un discurso como cualquier otro, pero con estos personajes nunca se sabe. A estar atentos.

 

*El autor es estudiante de Periodismo en la Universidad Católica Argentina (UCA).