Elecciones 2020: ¿Qué es y cómo funciona el Colegio Electoral?

Una introducción al funcionamiento del Colegio Electoral, previo a las elecciones en Estados Unidos

Por Joaquín Nuñez |

La mayoría de la gente se suele encontrar, muy cada tanto, con las palabras “Colegio Electoral”. La escuchan en la televisión, la radio e incluso la leen en los diarios. Este proceso ocurre solo cada cuatro años, cuando hay elecciones presidenciales en los Estados Unidos. En vísperas de las elecciones del 3 noviembre, vamos a explorar un poco este concepto.

Este sistema de elección se decidió en el año 1787 durante la “Gran Convención de Philadelphia”, la cual, luego de un extenso tire y afloje, terminó con la firma de la Constitución Nacional. En dicho evento se decidió que el gobierno federal debía ser elegido mediante los electores, quienes representan a los estados. Se dice que llegaron a este acuerdo para contentar a los estados del sur, quienes no querían perder influencia en el proceso electoral.

James Madison, no el futbolista inglés, sino uno de los padres fundadores, expresó en el artículo número 39 de “El Federalista” los motivos por los cuales había que implementar este formato. “La elección del presidente debe ser mediante una combinación entre la elección del Senado y la Cámara de Representantes, una mezcla de federalismo y voto popular”, expresaba.

El Colegio Electoral, como el helado de sambayón, tiene sus defensores y sus detractores. Los padres fundadores se cansaron de repetir la expresión “checks and balances”, en español “controles y equilibrios” pero usualmente traducido como “frenos y contrapesos”. Entonces idearon un sistema que establecía un balance entre el pueblo norteamericano y los estados para elegir al gobierno federal. Así nació el Colegio Electoral.

Habiendo estudiado las imperfecciones de una democracia directa, quisieron evitar caer en lo que, años más tarde, John Stuart Mill bautizó como “Tiranía de la mayoría” en su ensayo Sobre la Libertad. Sin embargo, sus detractores han ido creciendo en número desde el 2016, cuando Hillary Clinton ganó el voto popular por casi tres millones de votos pero perdió por 74 electores. Me estoy adelantando un poco. Antes de seguir, vamos a explicar en qué consiste este procedimiento.

¿Qué es el Colegio Electoral?

Estados Unidos ejerce una democracia indirecta. Si bien elige a sus legisladores por voto popular, no es el caso del Poder Ejecutivo. Como ya hemos visto, los padres fundadores le encomendaron esta tarea al Colegio Electoral.

La metodología es la siguiente: llega el día de la votación. Usted se despierta, insulta, se viste, se perfuma y sale a votar. Llega al cuarto oscuro dónde va a elegir la boleta con la cara del candidato de su preferencia. Hasta aquí todo normal. Pero usted no está directamente votando por ese candidato sino por electores que han prometido votar por ese candidato que usted está eligiendo.

La votación se realiza en cada uno de los 50 estados y cada uno de ellos tiene un número de electores asignado que van a votar por el candidato que haya obtenido la mayor cantidad de votos en su estado en particular. Con una pequeña salvedad: el candidato que obtiene esa mayoría en el voto popular del estado se lleva todos los electores del mismo. Por ejemplo, en el 2016, Donald Trump derrotó a Hillary Clinton por 47,5% a 47,3%, en Michigan. Apenas más de 10.000 votos en una elección donde participaron más de seis millones de personas. Ese mínimo margen le valió para llevarse los 16 electores. Se podría simplificar diciendo que el ganador se lo lleva todo.

Ahora bien, ¿quiénes son estos electores? No son extraterrestres que llegan para votar en su plato volador, sino que son personas de a pie, gente común que compra el diario todos los días. Son elegidos por los partidos políticos, con la promesa de votar por el candidato que haya ganado en su estado. Por ejemplo, el que Donald Trump gane en Iowa, significa que la gente ha votado por los electores del Partido Republicano en dicho estado y estos últimos han prometido votar por Trump.

El día de la elección estas personas se reúnen en la capital de sus respectivos estados y firman un documento conocido como “Certificación de voto”. Este último es enviado a la oficina del Presidente del Senado de los Estados Unidos. El 19 de diciembre se develan estos certificados y el 6 de enero se convoca al Congreso para que los certifique, declarando a un ganador, que por supuesto, se sabe desde el día de la elección. No hay mucho suspenso en este paso.

Mapa del colegio electoral. Fuente: Scholastic Magazines

Los estados de Nebraska y Maine son la excepción a la regla, ya que dividen sus votos electorales; esto quiere decir que ambos candidatos pueden recibir votos electorales por parte estos estados.

En 1906 se estableció que el número total de electores a repartir iba a ser de 538, los cuales se disputan cada cuatro años en el mes de noviembre. Este número es el equivalente a los miembros del Congreso, a los 435 representantes de la Cámara baja, a los 100 integrantes del Senado y a los 3 legisladores de Washington DC. Para ganar una elección presidencial es necesario llegar al “número mágico” de 270 electores. Si uno llega a ese número puede golpearse el pecho porque automáticamente se convierte en presidente electo. En el caso de que ningún candidato llegase a esos 270, la Casa de Representantes elegirá al nuevo presidente.

Hay estados que otorgan muchos votos electorales, como California (55), Texas (38), Nueva York (29) o Florida (29). Otros otorgan menos, pero no por eso son menos importantes, como Wyoming (3), Dakota del Sur (3), Vermont (3) o Utah (6).

Los electores no tienen obligación legal de votar por el candidato por el cual prometieron votar. Si bien no es lo más ético, esto ha ocurrido a lo largo de la historia en un total de 157 oportunidades, aunque nunca alteraron el resultado de la elección. A estos incumplidores se los denomina “electores infieles”. Sin ir más lejos, en las últimas elecciones hubo 7 de estos casos. Cuatro electores de Clinton en el estado de Washington votaron por Colin Powell (3) y por Faith Eagle (1) para presidente. A su vez, en Texas, dos electores de Trump votaron por John Kasich y Ron Paul respectivamente. Por último, Bernie Sanders recibió un voto electoral en el estado de Hawai.

Mapa del 2016. Fuente: Business Insider

En la Constitución Nacional, artículo dos, sección primera, cláusula segunda, se especifica a cuántos electores tiene derecho cada estado. El número está definido por la densidad poblacional de cada uno, la cual se establece mediante los censos, que tienen lugar cada diez años. Este número del censo determina cuantos legisladores tendrá cada estado en el congreso, por ende, el número de electores va a ser igual a la cantidad de representantes totales, sumando diputados y senadores, que cada estado posea. Por ejemplo, California tiene 53 diputados y dos senadores nacionales. La suma de ambos da un total de 55 electores y es el estado que mayor cantidad posee. Es decir, el número del censo determina cuantos legisladores tiene en el Congreso, lo que a su vez determina la cantidad de electores.

Otra ventaja de este sistema es que obliga a mantener al país en su conjunto unido. Para muestra, un botón: se ha visto un gobierno federal fuerte por más de 200 años. También dificulta, pero no imposibilita, el fraude electoral.

Hay estados que son tradicionalmente republicanos o tradicionalmente demócratas (al menos en la historia moderna del país). Estos son denominados “Safe States”. Por ejemplo: Nueva York, Illinois, Nueva Jersey, Delaware y California son estados que hace años tienen al Partido Demócrata tatuado en el antebrazo. Por otra parte, Carolina del Sur, Arkansas, Texas, Utah, Tenesse y Loussiana suelen ser republicanos. Luego están los estados más codiciados, los que no tienen un color definido, aquellos por los que un candidato presidencial robaría a su madre: los famosos “Swing States”. Si bien los más cambiantes son Flordia y Ohio, podemos sumar también a Pennsylvania, Michigan, Winsconsin y Carolina del Norte. Para las elecciones de este año no estaría de más agregar a Arizona.

¿Por qué los “Swing States” son tan importantes? Porque poseen un número bastante interesante de electores y las elecciones en ellos suelen ser muy reñidas. Sin ir más lejos, en las últimas cinco elecciones presidenciales la diferencia entre los candidatos nunca superó los dos puntos y medio en Florida. Se podría afirmar que en estos estados se definen las elecciones. Sin embargo, nunca hay que dar nada por sentado, ya que para ganar una elección presidencial, uno tiene que obtener votos de diferentes tipos de votantes en diferentes estados.

Ilustración del “número mágico”. Fuente: CNN

El Colegio Electoral protege a los estados pequeños de ser desatendidos porque, en una elección reñida, cada elector cuenta. No se puede descuidar a ningún estado por más que su población sea insignificante. Vamos a un ejemplo concreto. En las elecciones presidenciales del año 2000 se enfrentaban el por entonces vicepresidente Al Gore (D) y el gobernador de Texas, George W. Bush (R). Esta es considerada como una de las elecciones más reñidas en la historia. “Bush vs. Gore” finalizó 271 a 266, a favor del texano. La mayoría de la gente asegura que Bush ganó gracias al estado de Florida, que primero fue anunciado para Gore, y luego, tras un muy polémico recuento y la intervención de la Corte Suprema, le fue otorgado a Bush. Si bien tienen razón y Florida fue obviamente determinante, lo que realmente resolvió la elección fue que los republicanos ganaron Virginia Occidental. Un estado que no se pintaba de rojo desde 1984. Así fue que un olvidado estado que aporta solo 5 votos electorales definió al nuevo líder del “mundo libre”.

Los demócratas lo dieron por ganado luego de haber obtenido una diferencia de 17 puntos en 1996 y de no haber perdido allí en más de 15 años. Para su sorpresa, Bush se llevó dicho estado por el 51% de los votos, lo que le valió para llevarse también el lugar privilegiado en la Casa Blanca. Si Julio Grondona inmortalizó la frase “Todo pasa”, en este caso aplicaría el “Todo suma”.

Si bien es muy extraño que el voto popular y el Colegio Electoral no coincidan, esto ha ocurrido en cuatro oportunidades. Samuel Tilden en 1876, Grover Cleveland en 1888, “Al” Gore en el 2000 y Hillary Clinton en 2016.

Habiendo quedado claro cómo funciona el sistema electoral, va una recomendación: cuando estén viendo en vivo los resultados de las elecciones, vean al mapa, recuerden que el número mágico es 270 y empiecen a sumar.

*El autor es estudiante de Comunicación en la Universidad Católica Argentina (UCA).

Fuente de la imagen principal: Heritage Foundation

Trump vs Biden: no fue un debate, fue una desgracia

Opinión |Por Joaquín Núñez*|

Si bien el hecho de que dos candidatos a ocupar un mismo cargo público en los Estados Unidos intercambien ideas por televisión nacional se nos ha hecho moneda corriente, este ritual apenas cumple sesenta años. Tal y como los conocemos hoy, estos debates comenzaron en el año 1960 cuando Richard Nixon (R) y John F. Kennedy (D) protagonizaron el primer debate presidencial transmitido en vivo y en directo. La transmisión marcó un claro precedente para todos sus sucesores: la imagen también cuenta.

 Cuando Kennedy entró a los estudios de NBC para alistarse para la contienda, el periodista Theodore White escribió “Parece un Dios bronceado”. Esto se debió a que pasó toda la tarde tomando sol en la terraza del hotel. Diferente fue la situación de Richard Nixon, a quien se vio un poco desmejorado. En palabras de Roger Stone, “Nixon llegó tarde a Chicago, luciendo cansado, demacrado y con bajo peso debido a una cirugía reciente de rodilla. Además se negó a maquillarse. También vestía un saco de tres botones de color claro.  JFK lucía bronceado y confiado. Nixon se veía pálido y nervioso”, comentaba en su libro Stone´s Rules. Quienes escucharon el debate por radio, dieron como ganador a Nixon, sin embargo, quienes lo vieron por televisión, mayoritariamente se inclinaron hacia ese joven y bronceado senador.

John Kennedy y Richard Nixon en 1960. Fuente: history.com

Vale aclarar también, que hubo otros eventos de este estilo más de cien años atrás de nuestro ejemplo anterior. En el año 1858, hubo una serie de siete debates entre los, por entonces, candidatos al senado por el estado de Illionis, Stephen Douglas y Abraham Lincoln. Los mismos fueron organizados exclusivamente por los candidatos, ni siquiera hubo necesidad de un moderador. Esto último hoy sería imposible ya que se acercaría más a una discusión entre camioneros en plena Autopista Richieri.

Los debates son momentos que requieren de mucha preparación, dónde nada puede dejarse al azar y los pequeños detalles adquieren una gran importancia. Algunos de esos momentos han sido  memorables, como Ronald Reagan asegurándose la reelección con un ingenioso chascarrillo o George W. Bush asintiendo con la cabeza; y otros no tanto, como Gerald Ford afirmando que la Unión Soviética no tenía el control sobre Europa del Este, George H.W. Bush ojeando su reloj,  y Albert “Al” Gore con  esos molestos suspiros.

Ya sea para reírse o llorar, estos debates se han vuelto un clásico esperado por todos. Desde aquellos apasionados por la política o televidentes ocasionales, nadie quiere quedarse afuera. Sin embargo, si algún amigo lector por casualidad no pudo ver este último debate, déjeme decirle que lo envidio profundamente. Lo que se vio en el primer round de Trump vs Biden se asemejó más a un debate entre delegados de escuela primaria, dónde el principal asunto a discutir era: ¿Quien pinchó la “plastiball”?.

“Mentiroso”, “Payaso”, entre otras cosas,  fue lo que salió de la boca de quienes se están disputando el liderazgo del “mundo libre”. Esto no solía ser muy común en los Estados Unidos, dónde se han presenciado grandes debates. No hace falta irnos a 1980 a ver el Reagan vs Carter, pueden ver el primer debate entre Barack Obama y Mitt Romney en el 2012 y sacar sus propias conclusiones.

Lo que se vio la noche del martes 29 de septiembre fue una hora y media de gritos, insultos e interrupciones. Los candidatos raramente pudieron terminar un argumento sin ser opacados por los gritos del otro.

Analicemos con un poco más de detenimiento las performances de los candidatos en cada una de las temáticas. Con esto no quiero levantar las expectativas de lo que fue el debate. En palabras de Ben Shapiro, “Fue lo peor que he visto en mi vida. En los primeros 15 minutos la gente se fue a buscar un whiskey. A los 30 minutos fueron buscar una aspirina y a los 45 minutos fueron a buscar un revólver”.

Debate 2020

Se llevó a cabo en la ciudad de Cleveland, Ohio, y estuvo dividido en seis segmentos: el historial de ambos candidatos, la corte suprema, el Covid-19, la economía, raza y violencia en las calles y la integridad de la elección. Cada uno de estos tópicos, de 15 minutos de duración, fueron elegidos por el moderador de la noche, el polémico Chirs Wallace, del cual nos ocuparemos más adelante. La modalidad era la siguiente. Wallace disparaba una pregunta a uno de los candidatos,  este tendría dos minutos para responder y luego ambos tendrían tiempo para debatir entre sí. La idea era que dentro de esos primeros dos minutos no hubiera interrupciones. Evidentemente algo salió mal.

Joe Biden y Donald Trump. Fuente : BBC News

Estrategias

Ambos candidatos salieron a la cancha con una estrategia bien definida y ensayada. La táctica elegida por el equipo del vicepresidente Biden fue simple, incluso se puede imaginar a su staff arengándolo antes de salir, “Por favor, evita todo tipo de intercambio con Trump. Salí a hacer lo tuyo”. Lo aplicó al pie de la letra. Eran conscientes de que el actual nominado demócrata no está muy lúcido como para un intercambio a solas con el presidente Trump, quien arriba del escenario es una topadora.

Su papel fue prolijo, aunque no lució del todo bien. Si bien estuvo mucho más sagaz de lo que se podía esperar, se lo vio bastante frágil.  Su apariencia no era la más presidencial y tuvo dificultades para empezar oraciones. A pesar de todo se mostró muy calmado y sereno.

Biden también quiso instalar que él es quien toma las decisiones dentro de su partido, algo que últimamente ha estado en tela de juicio.  “Yo soy el partido demócrata. Lo que está en la plataforma demócrata está ahí porque yo lo he aprobado”, expresaba.

Por otra parte, el presidente Trump buscó interrumpir constantemente a su adversario, con el objetivo de que este se desorientara, como ya hemos visto en sus apariciones públicas. Personalmente no creo que haya sido lo más inteligente, ya que lo peor de Biden se vio cuando el presidente lo dejó hablar. Citando a Napoleon Bonaparte, “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando esté cometiendo un error”. Otro motivo por el cual la constante interrupción no fue acertada es la siguiente: si hubiera centrado el debate en sus políticas, comparadas con la de su adversario, podría haber sido una victoria clara. Sin embargo, hizo todo lo posible por mostrar lo que a la gente más le molesta, que es su propia personalidad. 

Esos argumentos políticos que el presidente tenía a su favor se vieron eclipsados por sus interrupciones constantes y, a veces, irritantes. También buscó fragmentar a la coalición demócrata, forzando a su adversario a declarar en contra de la izquierda, la cual se está disputando el control dentro de dicho partido. Aquí no tenía nada que perder ya que, diga lo que diga Biden, alguien dentro de esa coalición se iba a ofender. Esta estrategia la utilizó en casi todas las temáticas a lo largo de la noche.

Joe Biden. Fuente: BBC News

Primer Round

El debate comenzó con la discusión sobre la Corte Suprema de Justica. Para quienes no estén muy al tanto, ante el fallecimiento de la jueza Ruth Bather Gindsburg, el presidente Trump nominó a Amy Coney Barnett, quien se espera sea confirmada por el senado a fines de octubre. “Nosotros ganamos las elecciones, las cuales tienen consecuencias, tenemos el senado, tenemos la casa blanca y tenemos una nominada fenomenal, respetada por todos”, comenzaba Trump.

Por su parte, Biden criticó a Barnett por estar en contra del Obamacare y cuando fue consultado por el moderador si tenía en mente ampliar el número de jueces en la corte, la respuesta del exvicepresidente fue la siguiente: “El problema es que el pueblo norteamericano debe expresarse, ustedes deben salir y votar, voten ahora y háganle saber a sus senadores que tan fuertes se sienten. Voten ahora”.

Terminado este tema, pasaron al Covid-19. Biden atacó primero. Comentó los  números que había dejado hasta el momento la pandemia en el país del norte. Sumado a esto criticó fuertemente la gestión de Trump sobre el virus y lo acusó de saber de antemano lo peligroso que este era. El presidente no tardó en responder: “Si lo hubiésemos escuchado a usted Joe, las fronteras hubieran quedado abiertas, millones hubieran muerto en vez de doscientos mil. Por supuesto que un muerto ya es demasiado, esto es culpa de China y jamás debería haber ocurrido. (…) Cuando cerré las fronteras me acusaste de xenófobo.  Muchos de los gobernadores demócratas dijeron que el presidente había hecho un trabajo fenomenal. Conseguimos las mascaras, las camas, los ventiladores y ahora estamos a semanas de la vacuna”, sentenciaba.

Ahora llegaba el turno de la economía. Aquí Biden comentó cuál sería el alcance de su proyecto. “Mi plan va a crear siete millones de puestos de trabajo más de los que creó el presidente en sus cuatro años. Además, va a añadir un billón de dólares en crecimiento económico, porque va ser acerca de “comprar americano”. (…) Voy a subir el impuesto corporativo de 21% a 28%”, explicaba. Este segmento derivó en un griterío cuando Trump acusó al hijo del ex vicepresidente de haber recibido tres millones y medio de dólares por parte de la esposa del alcalde de Moscú. De lo que menos se habló en esos ocho minutos fue de economía.

Donald Trump. Fuente: BBC News

Otro de los momentos polémicos se dio cuando, ante una pregunta de Wallace referida a si existe un racismo institucional en Estados Unidos,  Biden argumentó lo siguiente, “Hay una injustica sistémica en este país, en educación, trabajo y aplicación de la ley”.  Esa idea de que las instituciones norteamericanas son racistas ha sido una de las banderas de los demócratas de cara al 3 de noviembre.

No mucho después, Wallace le preguntó al presidente por qué prohibió el “Entrenamiento de Sensibilidad Racial” en las oficinas del gobierno. Esta pregunta partió de una premisa falsa, ya que lo que Trump prohibió fue la “Teoría Racial Crítica”, la cual afirma que toda institución en los Estados Unidos está apuntalada por supremacía racial. “Le estamos pagando cientos de millones de dólares a ciertas personas para enseñar, francamente, ideas muy malas y enfermas. Realmente le están enseñando a la gente a odiar a nuestro país y no voy a permitir que eso pase”, respondía Trump.

Uno de los obstáculos que tuvo que afrontar el presidente, quizás el más difícil, fue el propio moderador. Wallace comenzó el debate tranquilo, pero aparentemente se molestó con la estrategia del presidente de interrumpir a su rival tantas veces como era posible. Por lo tanto, decidió convertirse en un jugador más en el debate, por momentos parecía un dos contra uno. Incluso increparon a dúo al presidente para que condenase a grupos supremacistas blancos (algo que ya ha realizado en reiteradas ocasiones).

 La respuesta del “acusado” fue la siguiente: “Seguro que estoy dispuesto a condenarlos, pero debo decir que casi toda la violencia que he visto en las calles es de los grupos de izquierda, no de derecha. Estoy dispuesto a hacer lo que sea, yo quiero ver paz.”. Mientras Trump hablaba, Biden y Wallace arengaban, “Vámos, hágalo”. Algún televidente ocasional puede haber pensado que lo que estaban transmitiendo era una reunión de consorcio.

Chris Wallace, moderador de la noche. Fuente: BBC News

Luego le pidieron que condenara al grupo “Proud Boys”,  un grupo violento de ultraderecha asociado al neonazismo, nacionalismo y supremacismo blanco. “Proud Boys, retrocedan, pero les diré una cosa, alguien tiene que hacer algo sobre ANTIFA, porque este es un problema de la izquierda”, sentenciaba Trump.

Esto dio lugar a otro de los momentos más tensos de la noche. Luego de lo comentado, el ex vicepresidente se refirió a ANTIFA, en sus propias palabras, “ANTIFA es una idea, no una organización”. Por supuesto que la respuesta de su adversario no se hizo esperar, “Tienes que estar bromeando. ANTIFA es un grupo radical peligroso”.  Inmediatamente Wallace intervino para cortar la interacción y sacarle a Biden las papas del horno. Para despejar dudas, ANTIFA es un grupo extremista de izquierda y uno de los principales responsables de la violencia en las calles de Kenosha, Minneapolis o Chicago.  El nominado demócrata tomó distancia de la izquierda con respecto a los saqueos, “La violencia como respuesta nunca es apropiada, pero sí los manifestantes pacíficos”, declaraba. “¿Quiénes son los manifestantes pacíficos. Aquellos que toman las calles, queman los negocios y matan gente?”, replicaba el presidente.

Fin del debate. Fuente: BBC News

Acto seguido, Trump infló el pecho por haber sido respaldado por diferentes departamentos de policía. “Tengo el apoyo de todas las organizaciones que están a favor del cumplimiento de la ley. Tú ni siquiera puedes decir esas palabras, porque si lo haces, vas a perder a todos tus votantes de izquierda. (…) Yo creo en la ley y el orden, usted no Joe. Y le digo algo, la gente de este país quiere y demanda ley y orden. Usted ni siquiera puede decir esas palabras”, argumentaba. En ese momento apareció nuevamente Wallace, vestido de bombero para apagar la discusión. Esto le valió un comentario por parte del presidente: “Supongo que estoy debatiendo con usted y no con él. Pero está bien, no me sorprende”, disparaba.

Ahora sí, para alegría de todos los televidentes, llegaba el último tema de la noche, la integridad de las elecciones. Dicha integridad ha estado muy discutido debido a la cantidad de gente que va a votar por correo. Este tipo de votación ha sido cuestionado, entre muchas otras cosas, porque estados clave como Michigan o Florida no pueden abrir los sobres hasta el día de la votación, lo que dio lugar a teorías sobre fraude. Básicamente, el partido demócrata está a gusto con la votación por correo y el partido republicano le tiene fobia.

“El director del FBI aseguró que no había ningún riesgo en la votación por correo, no hay evidencia de que los sobres puedan ser manipulados. Ustedes deben salir a votar, voten, voten y  voten. Si pueden votar antes, voten antes, si quieren ir a votar, vayan a votar, pero  él no puede detenerlos para que decidan el resultado de esta elección. Si gano, voy a aceptarlo y si pierdo también, exclamaba Biden.

“En cuanto a las boletas se refiere, es un desastre. Una boleta solicitada está bien, usted la pide, ellos se las mandan y usted la devuelve con su voto. Pero ellos están enviando millones de boletas a lo largo del país. Esto va a ser un fraude como nunca han visto. Vean lo que pasó en Manhattan, en Nueva Jersey, en Virginia, se han perdido el 30% de los votos. Es una vergüenza (…), esto no va a terminar bien. Si es una elección justa, estoy 100% a bordo, pero si veo cientos de miles de boletas manipuladas, no puedo estar de acuerdo con eso” finalizaba el presidente. Entonces, ¿Quién gano el debate? Depende a quien le pregunten. Si vamos a CNN veremos una cosa y si vamos a Fox News veremos otra muy diferente.

En resumen, lo hecho por Donald Trump estuvo muy debajo de lo esperado, aunque se mostró más sólido tanto en las temáticas como en lo que respecta a la imagen. Esto se vio eclipsado por su “rudeza” y sus interrupciones. Joe Biden fue a Cleveland a dar un monólogo y esquivó todo tipo de intercambio. Pero hay que destacar que su actuación estuvo por encima de las expectativas. Ahora debemos esperar unos días para presenciar el segundo round. Lo único que nos queda es rezar para que la siguiente frase no se cumpla: “Las segundas partes nunca fueron mejores que las primeras”. Porque, como les adelanté al comienzo, esto no fue un debate: fue una desgracia.

*El autor es estudiante de Periodismo en la Universidad Católica Argentina (UCA)

Foto de portada: Scott Olson/Getty Images

Un viaje retrospectivo a las convenciones 2020

Opinión | Por Joaquín Nuñez* |

Se pueden decir muchas cosas acerca de las convenciones nacionales en los Estados Unidos. Para algunos son innecesarias como la citación de Diego al “Chino” Garcé para el mundial de Sudáfrica. Otros, en cambio, las perciben infaltables como el vitel toné del 24 de diciembre. Incluso están los que tachan los días como los presos esperando a que lleguen. Pero si hay algo en lo que todos vamos a estar de acuerdo es en que las convenciones de este año fueron las más particulares de la historia.

Para aquellos amigos lectores que no están muy en tema, vamos a explicar un poco de qué se trata esto de las convenciones nacionales.

Pasando en limpio

Podemos definir a las convenciones nacionales en los Estados Unidos como grandes eventos políticos, celebrados únicamente en años electorales, generalmente de tres o cuatro días de duración, en donde se reúnen los delegados del partido en cuestión para nominar a un candidato. Suelen realizarse en grandes estadios, con tribunas colmadas y ruidosas, al mejor estilo Racing Club. Podríamos afirmar que los principales objetivos de las convenciones son los de anunciar al nominado presidencial del partido y dejar bien en claro cuál será la plataforma del mismo (base ideológica, candidatos y propuestas).

Tanto el partido demócrata (DNC) como el partido republicano (RNC) celebran sus convenciones, pero en fecha y lugares diferentes.

Convención republicana 2012. Fuente: Roll Call

Decenas de oradores tendrán su momento a lo largo de esas cuatro noches. Estos suelen estar ordenados según su jerarquía, como cuando uno sale a cenar. No empieza con el plato fuerte. Primero traen la canasta de pan, con algún dip de dudosa procedencia, luego uno comienza a abrirse el apetito con un tentempié, van trayendo las bebidas, para luego esperar, a veces de más, el plato fuerte de la noche. Queda a gusto del lector si prefiere o no cerrar con un postre. 

Entre los oradores suele haber mucha diversidad, ya que no solamente son políticos quienes pronuncian su discurso: celebridades, cantantes, empresarios, maestros, comerciantes, activistas, entre muchos otros rubros, también son invitados según sus ideales. 

Aunque, sin lugar a duda, quienes más tienen en la mira la convención nacional del partido son los jóvenes candidatos. Estos intentaran esforzarse al máximo para conseguir la atención de las bases del partido para futuras elecciones. Sino, pregúntenle al presidente Obama. Su discurso en la DNC del año 2004 fue su boleto directo a la nominación presidencial del 2008; boleto que también le dio acceso a las Casa Blanca meses después.

Imagínense, para un político absolutamente desconocido, de repente aparecer en televisión nacional y contar con la atención de decenas de millones de personas. A muchos se les hace agua la boca.

También es una ocasión inmejorable para recaudar fondos, ya que a los lobbies más grandes del país no les van a escribir ausente en ninguna de las 4 noches que dure la convención.

En cuanto a la campaña, la convención suele reforzar al partidario, ahuyentar a la oposición más dura y seducir al indeciso. Esto último resulta fundamental, ya que para aquellas personas bautizadas por Paul Lazarsfeld como “cristalizadores” (aquellos que definen su voto en las últimas instancias) estos eventos resultan de gran importancia. Los ayudan a definirse por uno u otro partido, según cuál de estos represente, momentáneamente, sus ideales de la mejor manera. El caso de los Estados Unidos es muy claro en este sentido, ya que es un juego de suma cero, lo que significa que lo que gana uno lo pierde el otro (pido por favor que no se me ofenda la gente del Partido Verde o del Partido Libertario).  Por este motivo, los dos partidos mayoritarios se esfuerzan al máximo para poder ganarse la simpatía de estos cristalizadores, y qué mejor manera que bombardearlos con toda su agenda política por televisión nacional.

Barack Obama en la convención demócrata del 2004. Fuente: WBUR

¿Sirven electoralmente? Estadísticamente hablando, estos eventos suelen suponer una inyección de alza en las encuestas para los nominados en cuestión. Vamos con un ejemplo concreto: en las elecciones presidenciales de 1992, después de las convenciones nacionales, el presidente George H.W. Bush (R) subió 3 puntos en las encuestas, mientras que el por entonces gobernador, Bill Clinton (D) subió 16 puntos. Un numerito. Afortunadamente para él, pudo confirmar esa diferencia en el colegio electoral, lo que le valió para mudarse sin escalas desde Arkansas a Pennsylvania al 1600 en Washington DC.

El día y la noche

Ahora sí, vamos a lo que venimos. Este 2020 presenció las convenciones más particulares de la historia de los Estados Unidos. Ambos partidos tuvieron que adaptarse a esta nueva realidad de pandemia. Ya no se podían llenar estadios con miles de simpatizantes, así que optaron por retrasar el inicio de sendos eventos para poder realizarlos de manera virtual, cada uno a su manera.

Sin embargo, la virtualidad fue lo único en lo que ambos eventos coincidieron. ¿En qué se diferenciaron? Veamos.

Convención Nacional Demócrata

La Convención Nacional Demócrata tuvo lugar entre el 17 y el 20 de agosto, donde decenas de oradores intentaron convencer a la audiencia de que la fórmula Biden-Harris es lo que Estados Unidos necesita. Desde los presidentes Barack Obama, Bill Clinton o Jimmy Carter, ex nominados como John Kerry y Hillary Clinton, ex candidatos como Bernie Sanders o Pete Buttigieg, republicanos como John Kasich y hasta cantantes como Billie Elish.

Cada uno de ellos hizo un excelente trabajo en transmitir el mensaje central de la plataforma demócrata de cara al 3 de noviembre: Donald Trump no está capacitado para ser presidente de los Estados Unidos. Esto puede ser un arma de doble filo ya que fue exactamente la misma estrategia que utilizaron cuatro años atrás. ¿Cómo fue el resultado entonces? Habrá que preguntarle a Hillary Clinton.

Se centraron casi exclusivamente en los aspectos negativos de la administración Trump en términos económicos, políticos y atacaron su gestión contra el Covid-19: “La ignorancia e incompetencia de Donald Trump fue siempre un peligro para nuestra nación. El coronavirus fue su más grande evaluación; falló miserablemente”, comentaba la senadora Elizabeth Warren.

Elizabeth Warren. Fuente: WBUR

Muchos de los oradores expusieron los aspectos negativos de los Estados Unidos, en términos económicos y raciales, dando a entender que el país del norte es racista e injusto. Todos coincidieron en que están inmersos en un momento muy difícil y que esta realidad de crisis empeoraría enormemente si el presidente resultase reelecto. “Las cosas no están bien, y créanme, puede llegar a estar mucho peor si no generamos un cambio en esta elección”, expresaba Michelle Obama.

La ex primera dama pronunció uno de los discursos más destacados de la convención. “Donald Trump tuvo mucho tiempo para demostrar que era apto para el cargo, pero está claramente por encima de su cabeza (…) simplemente él no puede ser quien necesitamos que sea para nosotros. Él es lo que es”, sentenciaba.

Su esposo, Barack Obama también tuvo palabras muy críticas para con el actual inquilino  de la Casa Blanca. Aunque articuló uno de los discursos más moderados en cuanto a los Estados Unidos, sugirió que la democracia estaría en jaque con cuatro años más de Trump. “No dejen que les quiten el poder (…) esta administración ha demostrado que derribarán nuestra democracia si es necesario. Hay que votar como nunca antes, por Joe, por Kamala, para que no quede duda, de lo que este país, el cual amamos, representa”, formulaba.

A su vez, el racismo fue uno de los principales protagonistas a lo largo de las cuatro noches. “Las personas de raza negra, latinos e indígenas están sufriendo y muriendo desproporcionadamente (…) siendo causa de un racismo estructural”, exclamaba la flamante nominada a la vicepresidencia, la senadora Kamala Harris. Este concepto del racismo sistémico estuvo en boca de muchos de los oradores, lo cual evidencia que el discurso en general estuvo orientado a las minorías. En su mayoría latinos, mujeres y, sobre todo, afroamericanos.

Transmisión en vivo del discurso de Michelle Obama. Fuente: Miquer Pelicier

También enfatizaron en los aspectos positivos del vicepresidente Biden, definiéndolo como un hombre “decente”, “capaz”, “valiente” y “de fe”.                         

A muchos les llamó la atención que pasaran por alto sus propuestas políticas y económicas, a las que se refirieron poco y nada. Esto se debe principalmente a la creciente división ideológica dentro del partido, que actualmente se encuentra en medio de un forcejeo entre la moderación y la izquierda progresista. Un claro ejemplo fue el curioso y breve discurso de la representante Alexandria Ocasio Cortez, quien expresó que buscaba conseguir la nominación del senador Bernie Sanders. Quizás lo conozcan como “el loco Bernie”, representa el ala más radical hacia la izquierda del partido.

Tampoco le dedicaron mucho tiempo a la violencia que está ocurriendo en ciudades como Portland, Minneapolis y Kenosha, entre otras. No quisieron inquietar a ninguna de las dos bases, un discurso recatado y prudente, con el objetivo de no ofender a nadie.

Si nos referimos al “show” que se suele ofrecer en este tipo de eventos, los demócratas fueron bastante austeros. Incluso, hablando un poco en criollo, pareciera que ratonearon con la pirotecnia.

El encargado de cerrar esas cuatro noches no iba a ser otro que el nominado presidencial, Joe Biden. Ya un experimentado, por no decir un dinosaurio, en este tipo de eventos. Fue protagonista de las tres últimas convenciones como vicepresidente. Biden intentó no fragmentar a la coalición del partido, llamó a la unidad del país y  le dedicó unas bonitas palabras a su esposa Jill y a sus hijos. Enfatizó en la gran crisis que está sufriendo Estados Unidos, comparado con Canadá, Japón o incluso Europa. Sin embargo, fue uno de los pocos oradores en dedicarle palabras positivas al país y casi no mencionó al presidente.

Joe Biden cierra la DNC junto a su esposa Jill y su Kamala Harris. Fuente: El Español

“Esta es una elección trascendental, el carácter de esta nación está en la boleta, la compasión está en la boleta, la decencia, la ciencia y la democracia, todas están en la boleta. (…) Esta es nuestra misión, la historia va a decir que el final de este capítulo oscuro de Estados Unidos empieza aquí, esta noche, con amor, con esperanza y con luz. Únanse a la batalla por el alma de la nación”, finalizaba. 

Convención Nacional Republicana

La Convención Nacional Republicana tuvo lugar entre el 24 y el 27 de agosto. La diferencia entre ambas convenciones fue abismal en todo sentido. Solo coincidieron en dos aspectos: esta es la elección más importante de “nuestro tiempo” y, de ganar el otro partido, es muy posible que el sol no vuelva a salir.

Los principales valores que buscaron transmitir fueron el optimismo, la inclusión y fundamentalmente el patriotismo. Para ello contaron con un amplio abanico de oradores, entre los que se destacaron Charlie Kirk, los senadores Rand Paul y Tim Scott, la ex embajadora Nicky Hailey, el ex alcalde Rudy Giuliani, el Doctor Ben Carson, el empresario Máximo Álvarez e incluso algunos demócratas, como los representantes Vernon Jones y Jeff Van Drew. De más está aclarar, todo el clan Trump también dijo presente.

Centraron su mensaje en cómo las políticas del presidente ayudaron a la población en general. Sacaron chapa de la baja de impuestos, una economía fuerte, históricos números de desempleo para las minorías, reforma de la justicia penal, su política exterior y las “zonas de oportunidad”. Personificaron estas políticas con personas comunes y corrientes. Gente a pie de calle que se vio beneficiada por alguna de estas iniciativas, como Alice Johnson o la familia Mc closkey. Llenaron a la audiencia de optimismo, fieles a uno de los eslóganes de campaña: “Lo mejor está por venir”.

Por supuesto que también dispararon sus flechas contra el partido demócrata, al que acusaron de haber sido consumido por la izquierda. Para ello subieron al escenario a Jeff Van Drew, un representante que fue demócrata hasta el 2019, cuando cruzó a la vereda de enfrente. “Este no es el partido demócrata que yo conocí. He visto al “Escuadron” tomar el control del partido, se ha vuelto radical. Ahora no solo buscan subir los impuestos, buscan abrir las fronteras, están en contra de la policía y en contra de los derechos que nos fueron dados por Dios.(…) Ya tuve demasiado de su agenda radical y socialista”, exclamaba.

Jeff Van Drew junto a Donald Trump en el despacho oval. Fuente: NYT

 A esto último se sumó el senador Tim Scott. “Los demócratas radicales quieren transformar permanentemente lo que significa ser norteamericano. No cometan el error. Joe Biden y Kamala Harris buscan una revolución cultural. Si los dejamos, comenzarán a transformar este país en una utopía socialista”, enunciaba.

Otro que no quiso quedarse afuera del ataque fue Máximo Álvarez, empresario cubano: “Esas cuatro promesas: distribución de la riqueza, “Medicare” para todos, educación ‘gratuita’ para todos y desfinanciar a la policía. Esas políticas no suenan radicales para mí, suenan familiares. (…) Cuando escuché esas promesas, escuché ecos de mi vida anterior, ecos que nunca quise volver a escuchar”, declaraba.

Otro de los objetivos de la convención fue sacarle al presidente Trump y a Estados Unidos los carteles de “racista” que les fueron colocados por los demócratas. La primera de estas misiones le fue encargada a Hershel Walker, ex jugador de fútbol americano y amigo personal del presidente. Walker ilustró a Trump como un hombre cálido y familiero: “Conozco a Donald hace 37 años, me duele en el alma cuando escucho a la gente llamarlo por nombres horribles y el peor de todos, es el de ‘racista’. Tomo como un insulto personal que alguien me diga que fui 37 años amigo de un racista. Crecí en lo profundo del sur, créanme, sé lo que es el racismo y no es Donald Trump”, comentaba.

La segunda misión estuvo a cargo de Nikki Hailey y nuevamente Tim Scott. “El cumpleaños número 99 de mi abuelo hubiese sido mañana. Fue obligado a dejar la primaria para cosechar algodón, nunca aprendió ni a leer ni a escribir. A pesar de todo, vivió lo suficiente para ver a su nieto convertirse en el primer afroamericano en ser elegido para la Casa de Representantes y para el Senado en la historia de este país. Nuestra familia pasó del algodón al congreso en una generación. Por eso es que creo que este próximo siglo puede ser mejor que el anterior”, manifestaba.

Tim Scott durante su discurso en la RNC. Fuente: National Review

Tampoco iba a faltar tiempo para perseguir a Biden por sus recientes dichos sobre la comunidad afroamericana. Daniel Cameron, fiscal general de Kentucky, le respondió al nominado demócrata: “Pienso en Joe Biden, quien dijo que si no votamos por él, no éramos negros. Quien argumentó que los republicanos nos pondrían cadenas y quien dijo que no había diversidad de pensamiento en la comunidad negra. Señor vicepresidente, míreme a mí. Soy negro, no somos todos iguales, no estoy encadenado, mi mente es solo mía y usted no puede decirme como votar por el color de mi piel”, sentenciaba. Todos los anteriores oradores fueron transmitidos en vivo desde el Auditorio Andrew Mellon en Washington DC.

Ahora vamos al plato fuerte de la última noche: el discurso del presidente Trump. El lugar elegido fue la casa blanca, contó con un numeroso público, algo que fue bastante cuestionado por el contexto actual. Habló, sobre todo, de los éxitos de su administración, defendió a la familia, fulminó al actual partido demócrata, nombró 41 veces a su adversario, se jactó de su gestión del Covid-19 y atacó a la audiencia con bombas de patriotismo.

“Nunca antes los votantes se enfrentaron a una decisión tan clara entre dos partidos, dos visiones, dos filosofías y dos agendas. Esta elección va a definir si salvamos el sueño americano o si permitimos que una agenda socialista destruya nuestro destino”, comenzaba. Suave, por suerte.

No tardó en atacar a los demócratas y en especial a Joe Biden, a quien calificó como el “caballo de troya del socialismo”. “En la DNC, Joe Biden y su partido atacaron repetidamente a Estados Unidos como una tierra de injusticia racial, económica y social. Hoy les hago una simple pregunta, ¿cómo el partido demócrata pide liderar nuestro país, cuando pasan tanto tiempo intentando tirarlo abajo?”, disparaba.

Donald Trump finaliza la convención republicana. Fuente: NYT

También le dedicó unos minutos a la violencia que se estuvo viendo en las calles estos últimos meses. “El partido republicano condena las revueltas y los saqueos que hemos visto en Kenosha, Minneapolis, Portland, Chicago y Nueva York. Todas ciudades gobernadas por demócratas. (…) No debemos y no podemos permitir la ley de la calle”, afirmaba.

Para finalizar, el presidente lanzó un mensaje de unidad a la audiencia. “Los norteamericanos construimos nuestro futuro, no tiramos abajo nuestro pasado. Somos la nación que ganó una revolución, combatió la tiranía, el fascismo y llevó la libertad a millones. Lo hicimos con confianza, estilo e instinto. (…) Porque eso es lo que somos. Cuando nuestro estilo de vida fue amenazado, nuestros héroes aparecieron, respondieron la llamada. (…) Para nuestro país, nada es imposible. Juntos, somos imparables; juntos, somos invencibles; porque juntos, somos los orgullosos ciudadanos de los Estados Unidos de América”, cerraba.

Si hay algo que no le podemos reprochar al presidente Trump es su empeño por producir un buen show. Luego de que terminó su discurso, comenzaron seis minutos seguidos de fuegos artificiales. Lo que se ahorraron en gastos de la convención sin duda lo invirtieron en pirotecnia. 

Entonces, transcurrido este -no tan breve- repaso por ambas convenciones, definitivamente quedan muchas interrogantes: ¿Cuál estuvo mejor? ¿cuál fue más efectiva? ¿cuál transmitió mejor su mensaje? Las respuestas a esas interrogantes estarán disponibles el tres de noviembre.

*El autor es estudiante de Periodismo en la Universidad Católica Argentina (UCA)

Fuente de la imagen principal: Morning Consult

Joe Biden define su compañera de fórmula en medio de la pandemia

Comenzó la (otra) carrera demócrata: una presentación de las candidatas a la vicepresidencia

Opinión | Por Joaquín Nuñez* |

El hecho de que la Convención Nacional Demócrata se haya reprogramado para el 17 de agosto puede que parezca un dato intrascendente para muchas personas; sin embargo, no es así para Joe Biden. Esta fecha le impone un plazo, un cronómetro que cada vez parece bajar más rápido y que marca el tiempo para que el ex vicepresidente escoja un compañero de fórmula para las elecciones del 3 de noviembre. Escoger un compañero de fórmula puede ser una de las decisiones más importantes de una campaña presidencial. Puede allanar el camino hacia Pennsylvania al 1600 o llenar ese camino con adoquines.

En la política norteamericana hay algunas cuestiones que son fundamentales para cualquier candidato a la hora de elegir un compañero: el Estado al que pertenece esta persona, cuál es el tipo de votante que atrae, su popularidad y, la más importante, el equilibrio que le pueda aportar a la boleta (en términos de edad, de color de piel, de religión, de experiencia y de ideología).

Este equilibrio muchas veces da resultado, como cuando el presidente Barack Obama eligió al propio Biden para acompañarlo, o cuando John Kennedy escogió a su más duro rival en las primarias, Lyndon Johnson. Lamentablemente en otras ocasiones ese equilibrio no da tan buen resultado. Podemos tomar un par de casos medianamente recientes como los de John McCain eligiendo a Sara Palin, o el hoy senador Mitt Romney con Paul Ryan.

Tomemos el caso de Obama con Biden. Este es uno de los ejemplos de equilibrio perfecto: la envidia de los fabricantes de balanzas. Por un lado, Barack Obama, un senador junior de 46 años, relativamente joven para buscar el “liderazgo del mundo libre”, popular entre los jóvenes progresistas, latinos y votantes de color. Por otro lado, Joe Biden, quien ha pasado más años de su vida en el Senado que fuera de él, 65 años de pura experiencia y algunos roces de más, visto como un moderado que puede atraer los votos de personas blancas mayores, votantes independientes y algún que otro republicano del ala más centrista. Evidentemente mal no les fue. Obtuvieron diez millones de votos más que su homólogo republicano y un categórico triunfo en el colegio electoral: 365 a 173, lo que equivale a un 4-1 futbolísticamente hablando.

Biden empezó bien en la búsqueda de ese equilibrio, ya que en el debate que sostuvo en marzo con el senador Bernie Sanders anunció que su compañero de fórmula sería una compañera de fórmula. “Si obtengo la nominación me comprometo a escoger a una mujer como vicepresidenta”, expresó sin dar más detalles. Entonces, ¿quiénes son las candidatas?

Amy Klobuchar

Actual senadora por el estado de Minnesota, Klobuchar tiene fama de ser una jefa muy exigente. Durante años ha tenido una de las tasas más altas de rotación de personal en el Senado. Buscó la nominación demócrata para la Presidencia este año pero los resultados no fueron los esperados y decidió terminar su campaña el 2 de marzo, un día antes del supermartes, para dar su apoyo a Biden. Se expresa a favor del aborto pero con algunas restricciones y plantea expandir el Medicare y construir sobre el Obamacare.

Según la encuestadora Morning Consult, es la séptima senadora con mayor índice de aprobación del país, con un 56% de imagen positiva contra un 31% de negativa. Se mostró fuerte en los debates demócratas y es vista como una política moderada que atrae votantes de diversos sectores. Incluso de algunos republicanos moderados, principalmente electores blancos rurales y sin educación universitaria, votos que últimamente se les hacen cuesta arriba a los demócratas. Es bueno echar un vistazo a la encuesta de CNN de 2018 en Minnesota y ver cómo se desempeñó en estos grupos. Klobuchar se hizo con el 52% de los votos de los hombres blancos y el 56% de los votantes sin educación universitaria. No le fue tan bien entre hombres blancos no universitarios, pero aun así consiguió un 45% de los votos.

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Amy Klobuchar en el lanzamiento de su campaña presidencial en Minnesota. Fuente: Star Tribune

De más está decir que es muy popular en su estado (en las últimas elecciones aventajó por 24 puntos a su oponente republicano). Cabe destacar también que Minnesota tiene una cantidad considerable de electores (10), se encuentra pegado a Wisconsin (10) y está muy cerca de Michigan (16). Dos estados que se consideran “puntos de inflexión” y que estaban dentro del “muro demócrata” que fue dinamitado cuatro años atrás por el presidente Trump.

Tiene una ventaja regional muy fuerte donde más la necesita su partido, en el medio oeste. Esto resulta importante ya que desde que las elecciones son bipartidistas (1892), en el 87% de los casos la fórmula ganadora también se lleva el estado del candidato a la Vicepresidencia. “Si observamos 2016, las mismas tendencias que ocurrían en Wisconsin y Michigan ocurrían en Minnesota”, explicó Jeff Blodgett, un antiguo agente demócrata de Minnesota que se desempeñó como asesor informal de su campaña presidencial.

La senadora no suele tomar posiciones impopulares. Por ejemplo, estuvo en contra de la Guerra de Irak y está a favor de tomar medidas para frenar el cambio climático, pero no está en contra del fracking.

Además de tener fama de jefa exigente -y según ciertos rumores, algo abusiva-, su principal carta en contra es que puede ahuyentar el voto latino que Biden tanto necesita. El conocido episodio que tuvo donde no pudo contestar el nombre del presidente de México le puede jugar muy en contra a la hora de atraer votantes de origen mexicano, que representan el 66% de los latinos en Estados Unidos. Esto impactaría en estados que Biden necesitaría ganar para llegar a la presidencia, tales como Arizona, Nevada, Florida o incluso Ohio.

A su vez, no es la candidata más popular entre los votantes jóvenes y de color, los cuales son la base del partido demócrata moderno. “Su problema son los demócratas no blancos, aunque otro problema son los jóvenes. Ella no ha estado ganando apoyo entre los votantes nacidos después de 1975 “, expresó David Wasserman, editor del Cook Political Report.

Stacey Abrams

Cuarenta y seis años, ex representante por el estado de Georgia, escritora de novelas románticas y solo 50.000 votos la separaron de ser gobernadora de aquel estado. Abrams es una de las opciones que más equilibrio aporta a la mesa. Su caso es similar al de Obama-Biden de 2008. Representa al partido demócrata moderno, se llama a sí misma pragmática, no tiene miedo de abrazar el progresismo y ha coqueteado con presentarse para todos los cargos públicos en juego en las elecciones de este año.

Sus principales puntos a favor son la frescura, el carisma y la juventud que le aportaría a la boleta. Abrams es muy popular entre votantes jóvenes, de color, de centro izquierda y, más importante, mujeres (un voto que probablemente se le haga cuesta arriba a Biden por las reiteradas denuncias de acoso sexual en su contra).

Otro dato que también juega a su favor es su estado de procedencia. Si bien Georgia no se pinta de azul desde 1992, Joe Biden ha demostrado ser muy popular en el sur, principalmente con los votantes de color, que representan más del 30% de los habitantes del estado. Si a esa afinidad por Biden le sumamos a Abrams, podrían llegar a ser un dolor de cabeza para el presidente Trump, en un estado que cuenta con la cuantiosa cifra de 16 electores. Abrams tiene muy buenos índices de aprobación allí. Según una encuesta realizada en 2019 por la Atlanta Journal-Constitution (AJC), goza de la simpatía del 51,9 de los votantes. Este número incluye alrededor del 60% del voto femenino, dos tercios de los moderados y el 90% de los votantes negros.

Quizás una de sus mayores virtudes puede ser su mayor debilidad: su juventud y falta de experiencia en cualquier cargo federal potencialmente la invitan a convertirse en un Dan Quayle demócrata. Prácticamente no ha estado ni cerca de Washington DC. Fue parte de la cámara baja de su estado por diez años, pero su mejor carta de presentación podría decir “casi gobernadora de Georgia”.

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Stacey Abrams en un acto de campaña en 2018. Fuente: AP news

El pez por la boca muere, dicen algunos. El hecho de que haya cambiado de parecer sobre las denuncias de acoso sexual presentadas por mujeres es una de sus más grandes controversias. “Creo que las mujeres y las sobrevivientes de la violencia siempre merecen ser apoyadas y que se escuche su voz”, afirmaba Abrams en 2018, refiriéndose al caso de Brett Kavanaugh. Como abanderada del movimiento Me Too, se esperaba que apoyase también a las mujeres que han denunciado a Biden por acoso sexual.

Para sorpresa de muchos, “Yo creo en Joe Biden”, fue lo que salió de la boca de Abrams el pasado 29 de abril en una entrevista con CNN. “Creo que las mujeres merecen ser escuchadas y creo que necesitan ser escuchadas, pero también creo que esas acusaciones tienen que ser investigadas por fuentes creíbles. El New York Times hizo una investigación profunda y descubrieron que la acusación no era creíble. Creo en Joe Biden”, dijo Abrams en la misma entrevista en relación a la denuncia de Tara Reade en contra del ex vicepresidente.

Elizabeth Warren

Ex candidata a la nominación demócrata para la presidencia, escritora, profesora de Derecho en la Universidad de Harvard y siete años sirviendo en el Senado por el estado de Massachusetts. Con ese curriculum se afianza Warren en el casting para la Vicepresidencia. Abanderada del progresismo norteamericano, se destacó en las primarias por desarrollar planes detallados para cada una de las problemáticas, lo que llevó a la viralización del meme “Warren tiene un plan para eso”.

A favor del Medicare para todos, promueve una gran inversión en educación que se basa, principalmente, en expandir los préstamos estudiantiles y dejar sin efecto hasta 50.000 dólares de esos mismos préstamos a miles de estadounidenses, dependiendo de su ingreso. Orgullosa de su ascendencia indígena, lo que le valió el apodo de Pocahontas, por el presidente Trump.

Es prácticamente un imán para el voto progresista norteamericano, dado que, en términos ideológicos es la candidata más cercana al senador Bernie Sanders. Esto significa que aportaría equilibrio ideológico a la fórmula. Según una encuesta realizada por CBSN, es la opción predilecta de los votantes demócratas ya registrados, un 36% de estos votantes la prefieren para acompañar a Biden.

La imagen positiva de Warren sube a la par del grado de educación de los votantes. Entre los demócratas es la favorita de los votantes blancos con título universitario, la segunda candidata con mejor imagen positiva entre los graduados universitarios, y presume de ser la favorita entre las personas con educación superior.

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Elizabeth Warren dialoga con Joe Biden en uno de los debates demócratas. Fuente: Boston Gerarld

Si bien expresamos con firmeza que era una especie de imán para el voto progresista en general, podríamos decir que es una “espanta-moderados”. Las elecciones generales se tratan de seducir a nuevos votantes, de atraer más gente a tu equipo, gente que antes no estaba allí. De ser Warren la elegida por Biden, estaría sacrificando mucho voto centrista e independiente, voto que necesita más que sus característicos lentes y su sonrisa ganadora si piensa vencer a Trump. Para muchos de estos votantes la imagen de la senadora en la boleta resultaría muy poco (o nada) atractiva. Por supuesto que dentro de estos posibles votantes espantados se encuentran republicanos moderados.

Al representar al estado de Massachusetts, no ofrece ninguna ventaja regional, ya que este estado no se tiñe de rojo desde el presidente Ronald Reagan. Además, sus 70 años no ofrecerían mucho equilibrio generacional a la fórmula.

Kamala Harris

Varios comentaristas políticos de Estados Unidos la han descrito como “la mejor opción para la Vicepresidencia”. Con cincuenta y cinco años y orígenes indios, Harris se desempeñó siete años como Fiscal General del distrito 27 de San Francisco, seis años como Fiscal General de California y desde 2017 ocupa una banca del Senado representando a este último estado.

Abandonó la carrera por la nominación demócrata para la presidencia el 3 de diciembre de 2019, luego de que su (forzada) apariencia de fiscal progresista no diera resultado. Se muestra a favor de legalizar la marihuana, recortar el gasto en defensa, leyes migratorias más flexibles, aumentar el salario mínimo a quince dólares la hora y a favor de ampliar los beneficios fiscales para hogares de clase media y de bajos ingresos.

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Kamala Harris habla en un acto de campaña a favor de Joe Biden. Fuente: Vox

Harris podría aportar un interesante equilibrio a la fórmula. Su experiencia como fiscal y senadora, su postura de centro izquierda, su popularidad entre los votantes (especialmente mujeres) de color y su origen asiático-americano contrastan muy bien con el presunto nominado demócrata. De hecho, Harris fue la primera mujer afroamericana en convertirse en Fiscal General de California e incluso la primera persona afroamericana en representar a este estado en el Senado.

Se muestra muy fuerte en los debates, como lo demostró en las primarias. Si no pregúntenle a Joe Biden quién era “esa pequeña niña”. Podría hacerlo muy bien en el debate con el vicepresidente Pence. Con su gran oratoria puede ponerse fácilmente en la piel de defensora de las minorías, no solo con los votantes de color, sino inmigrantes y minorías religiosas, especialmente aquellos que se encuentran decepcionados por la presencia de otro hombre blanco en la Casa Blanca. Por eso es que puede ser un gran contrapeso para Biden, quien ya goza de una gran popularidad entre los votantes de color, pero no así de algunos inmigrantes, todavía molestos con las deportaciones del presidente Obama. Harris podría convertirse en la Biden (2008) de Biden (2020).

Durante su campaña presidencial no terminó de mostrarse tal cual es, no parecía muy auténtica. Si bien ahora puede hacerlo a través de Biden, su táctica de mostrarse como una fiscal progresista convenció a pocos. Es popular entre los votantes de color, aunque no todos la ven con buenos ojos, algunos por su pasado como fiscal y otros por su campaña presidencial. “Los candidatos negros cometen un error principal: suponen que van a tener el voto negro solo porque son negros”, expresaba Johnnie Cordero en 2019, presidente del Caucus Negro Democrático de Carolina del Sur. Cordero sugirió, además, que Harris no se dedicó a sumar apoyo entre los votantes de color porque ya lo daba por asegurado.

Según Lara Bazelon, directora de las clínicas de justicia penal y racial en la Universidad de San Francisco, “cuando el Caucus Negro Legislativo le pidió a Harris que respaldara proyectos de ley que habrían ordenado que todos los policías usaran cámaras con el cuerpo puesto y que la oficina del Fiscal General investigara los tiroteos letales involucrados por oficiales, ella se negó. Incluso apoyó un sistema que encierra a las personas que son demasiado pobres para pagar una fianza de dinero exorbitante. Estas políticas fueron parte integrante de un sistema de encarcelamiento masivo que ha dañado profundamente a las personas pobres y a las comunidades de color”.

Por otro lado, tampoco ofrece ninguna ventaja regional, ya que California lleva más de 30 años siendo demócrata en las presidenciales.

Tammy Duckworth

Es posible que estemos ante la presencia de una de las candidatas más novedosas entre el abanico de posibilidades que maneja Joe Biden. Veterana de la Guerra de Irak, fue miembro de la Cámara de Representantes por el estado de Illinois por cuatro años, lleva tres como senadora por el mismo estado y fue subsecretaria durante el mandato de Barack Obama.

Su principal carta a favor es que prácticamente no tiene ninguna en contra. Hemos mencionado que participó en Irak, lo que no hemos dicho es qué allí perdió sus dos piernas y parte de la movilidad de su brazo derecho. Como veterana y madre, puede empatizar muy bien con el voto femenino en general, ya que se muestra como una figura fuerte, trabajadora y que pudo salir adelante a pesar de su discapacidad física.

Su padre también se alistó en el ejército y participó en la Segunda Guerra Mundial, lo que inmediatamente le abre la puerta al voto veterano en general, sumando su propia experiencia en Medio Oriente. Por si esto fuera a poco a la hora de empatizar, es la primera senadora en la historia de Estados Unidos en amamantar a su bebe durante una votación y en emitir un voto con un bebe en brazos. No sé qué más se puede pedir.

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Tammy Duckworth en la Convención Nacional Demócrata de 2016. Fuente: Vox

Si bien le amputaron la pierna izquierda por debajo de la cadera y la derecha por debajo de la rodilla, nunca perdió el sentido del humor. En una entrevista comentó qué fue lo primero que dijo luego de despertar tras la operación y ver a su esposo junto a la cama. “Dije tres cosas cuando desperté en Walter Reed: ‘Te amo, ponme a trabajar y ¡Apestas! ¡Bañate!”, recordaba.

Duckworth fue la primera mujer nacida en Tailandia y la primera mujer con discapacidad física en ser elegida para el Congreso. No abraza tan fuerte al progresismo, aunque tampoco llega a la moderación, por lo que no haría dudar a la base del partido. Según Morning Consult, su índice de aprobación como senadora es del 42%, contra el 32% que la desaprueba. Además, la senadora refleja bien el ánimo bipartidista, ya que desde el 15 de abril trabaja junto a la administración Trump en un grupo enfocado en la reapertura de la economía durante el Covid-19.

Representa al estado de Illinois, tradicionalmente azul con sus 20 electores, por lo que no ofrece ninguna ventaja en ese aspecto.

Catherine Cortez Masto

De ascendencia latina, la actual senadora por el estado de Nevada es un caso muy particular, dado que se desconoce si estaría dispuesta a aceptar el cargo. Según algunos rumores, Biden le dijo en persona a uno de sus ex colegas en el Senado, Harry Reid, que Cortez Masto está entre sus tres opciones principales para hacerle compañía el 3 de noviembre. La senadora tiene una gran ventaja sobre las demás: tiene ascendencia latina. Su abuelo paterno, Edward Cortez, nació en México y emigró a Estados Unidos cuando era joven. Se hizo con la ciudadanía estadounidense en 1940, antes de servir en el Ejército durante la Segunda Guerra Mundial.

Puede presumir de ser la primera latina en servir en la cámara alta de los Estados Unidos. Esto resulta fundamental y podría ser un suero de tranquilidad para Biden a la hora apelar al voto latino. Según una encuesta realizada por Latino Decisions el pasado mes de abril, el ex vicepresidente está bajando su popularidad e intención de voto entre los latinos. Esto confirmaría la tendencia que se observó en las primarias: Biden no cuenta con un fuerte apoyo latino, como si lo hizo su amigo el Presidente Obama. La encuesta indicó que el 59% lo apoyaba o se inclinaba hacia él, en comparación con el 67% de febrero. La misma encuesta revela que, en caso de elegir a Cortez Masto como compañera de fórmula, su intención de voto escalaría hasta el 72%. Es precisamente el voto latino el que puede impulsar a Biden a ganar estados como Florida y Arizona. Entre los dos suman 40 electores y ambos se colorearon de rojo en 2016.

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Joe Biden con Catherine Cortez en 2018

Hay que tener muy en cuenta también la relación personal que la senadora mantenía con Beau Biden, hijo de Joe, que falleció en 2015. “Mi hijo tenía muy buen juicio. Y mi hijo realmente, realmente, realmente admiraba a Catherine. Él habló sobre ella. Trabajó con ella. Están cortados de la misma tela. Ella es latina. Beau sufre de ser un católico irlandés, como yo. Pero tienen el mismo valor establecido. Así es como conocí a Catherine “, manifestó Biden sobre la relación.

Si bien se desempeñó como fiscal general de Nevada por siete años, el 2020 es solo su tercer año en Washington DC, lo que no la hace la candidata más experimentada en el gobierno federal. Tampoco es la demócrata más conocida: según la misma encuesta de Latino Decisions, más de un tercio de los encuestados no la conocía, aunque eso se solucionaría desde el momento en el que Joe Biden pronuncie su nombre públicamente.

Por mucho que el ex vicepresidente intente disimular sus 77 años con su atractivo bronceado, en caso de ser electo presidente en noviembre, finalizaría su primer mandato con 82 años. Esta situación hace que muchos consideren que no va a buscar la reelección. Lo que significa que la entonces vicepresidenta será la primera opción para buscar la nominación demócrata y, por qué no, la primera opción para suceder al ex vicepresidente en la Casa Blanca. Por lo tanto, Biden podría estar eligiendo, aunque no explícitamente, a la primera inquilina de la calle Pennsylvania al 1600.

*El autor es estudiante de Periodismo en la Universidad Católica Argentina (UCA)

Fuente de la foto principal: Taiwan News