Una nueva etapa donde la certeza es la incertidumbre

Opinión | Por Tomás Allan y Ramiro Albina |

 

El 27 de octubre ocurrió algo que la mayoría de las encuestadoras y analistas pronosticaban: Alberto Fernández ganó las elecciones presidenciales y lo hizo en primera vuelta. Pero también sucedió algo que pocos esperaban: la diferencia entre los candidatos se redujo notablemente en comparación con las PASO (una reducción cercana al 50%). 

El resultado final y la trayectoria de los candidatos entre las PASO y las generales obligaron a repensar algunas conclusiones prematuras. En primer lugar porque el equilibrio de poder será distinto al que podría haberse esperado luego de las primarias. Juntos por el Cambio obtuvo más diputados y senadores de lo esperado, lo que dará como resultado una conformación legislativa donde será necesaria una mayor negociación. A esto se suma la eventual participación de Mauricio Macri en la competencia por el liderazgo de la oposición, cuando aquel lejano 32% y una diferencia de 15 puntos parecían dejarlo fuera del juego. 

Existen además desafíos y preocupaciones en el frente externo (vencimientos de deuda el próximo año; exigencias del FMI) y en el interno (recesión económica, inflación y demandas variadas al interior de la coalición gobernante). Sobre estos puntos consultamos a tres politólogos: Andrés Malamud, investigador en la Universidad de Lisboa; Victoria Murillo, profesora en la Universidad de Columbia y Santiago Leiras, profesor en la carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires.

Cuando les preguntamos sobre los desafíos del próximo gobierno y el margen de maniobra para afrontarlos, los tres analistas coinciden en que los principales desafíos en materia económica y financiera serán la reestructuración de la deuda externa, la inflación y la recesión. “El margen de maniobra es muy estrecho: debe evitar el default, que se espiralice la inflación, que la provincia de Buenos Aires no pueda pagar los sueldos y que la protesta le tome la calle”, señala Malamud. 

A esta situación, Leiras añade que los desafíos deberán ser encarados “en un contexto internacional poco favorable, caracterizado por amenazas de diverso signo como la recesión mundial, la guerra comercial, el resurgimiento del proteccionismo y el fin del ciclo de las supercommodities”. El gobierno de Alberto Fernández se encontrará también con diferentes demandas en el frente interno: “Las demandas son urgentes y crecen de manera exponencial, no así los ingresos requeridos para su atención en el marco de un prolongado proceso de estancamiento primero y recesión a partir del 2018”, señala. 

En el delicado equilibrio que el próximo gobierno deberá forjar, Murillo sostiene que Alberto Fernández estará tensionado entre las demandas internas por salir de la recesión y las externas por pagar la deuda heredada. «Dado el peso de las demandas internas sobre su supervivencia política, me inclino a pensar que le dará prioridad a estas mismas que ya de por sí son complicadas porque la situación fiscal obligará a definir ganadores y perdedores que forman parte de su coalición política”, dice Victoria.

 


Leiras: «El principal desafío del presidente electo será administrar el sistema de contrapesos que caracteriza al Frente de Todos»


 

Les preguntamos también sobre las posibilidades y dificultades de que el Frente de Todos exceda lo meramente electoral para convertirse efectivamente en una coalición de gobierno, y sobre los desafíos al interior del espacio.

Alberto Fernández deberá lograr establecer un equilibrio dentro de la heterogénea coalición del Frente de Todos. Tendrá que financiar al mismo tiempo a los gobernadores, a los sindicatos y a las organizaciones sociales. La frágil situación de la Provincia de Buenos Aires, donde convergen esos tres actores, es clave”, señala Malamud. “El Frente de Todos es esencialmente el peronismo. El presidente deberá administrar sus distintas facciones como se hace con cualquier partido, pero con menos plata”, concluye.

En esa misma línea, Leiras plantea que “respecto al plano político, el principal desafío del presidente electo será administrar el sistema de contrapesos que caracteriza al Frente de Todos (Cristina, La Cámpora, Massa, los intendentes del conurbano, los gobernadores, las organizaciones del mundo de trabajo)”, y plantea el interrogante: “¿Estamos frente a un conflicto en puerta o nos encontramos frente a una acuerdo no escrito de división del trabajo al interior del FDT?”. “Cabe destacar que el FDT nace como una coalición electoral conformada por las diferentes expresiones de aquello que se denomina el peronismo, cuya fragmentación hizo posible el triunfo de (ex) Cambiemos en los comicios de 2015 y 2017 y la unidad el triunfo en el año 2019”, cierra.

Murillo señala que el peso del kirchnerismo y del peronismo tradicional en el nuevo gobierno se verán con mayor claridad después de diciembre, pero la existencia de dos polos no es un secreto. «El peronismo del conurbano y los movimientos sociales pueden entrar en tensión con el peronismo de los sindicatos y los gobernadores provinciales.” Sin embargo, no podemos aún ser categóricos sobre el resultado de ese equilibrio. “Las tensiones al interior del peronismo por su carácter sociológico pueden hacer más difícil la toma de decisiones, pero también pueden ayudar a mantener a los jugadores en la mesa en lugar de patear el tablero”, añade.

El resultado de este equilibrio inestable estará atravesado por el éxito o no de la gestión del nuevo gobierno. “De fracasar, el presidente electo será debidamente acompañado hasta la puerta del cementerio por los integrantes del Frente de Todos”, anticipa Leiras.

El futuro del espacio opositor

En referencia a las posibilidades de institucionalización de Juntos por el Cambio, Malamud aclara: “Ya existe, son los dos interbloques en el Congreso; las internas o rupturas se darán al interior de cada partido”. Leiras, por su parte, sostiene que Cambiemos “ha funcionado como una coalición de gobierno ad hoc sobre la base del gobierno de un partido de origen vecinal al frente del Ejecutivo (PRO) y una alianza parlamentaria que tuvo expresión en un espacio conformado por los bloques de los tres socios de la coalición electoral (PRO, UCR, CC)”. Y agrega: “El desafío principal en la oposición a partir del 10 de diciembre próximo está en redefinir metas políticas, establecer reglas más claras para la canalización de los conflictos al interior de la coalición y para la selección de sus futuros liderazgos que sean aceptadas por los miembros de la coalición y definir una nueva metodología para la adopción de las decisiones políticas».

Murillo pone el foco en otro punto: la disputa que se juega entre sectores más radicalizados en su antiperonismo y aquellos más moderados y negociadores. Esta resolución, dice, es importante a los fines de la gobernabilidad, dado que el Frente de Todos, en principio, no tendría mayoría propia en ambas cámaras. “El riesgo es que un voto del 40% que pareciera impermeable a la crisis económica pueda generar incentivos para una oposición polarizada de los sectores más radicales. Dicha polarización puede influir en la interna del peronismo y puede generar inmovilismo legislativo, lo que sería muy grave frente a la crisis actual”.

 


Malamud: «En el presidencialismo no existe la figura de líder de la oposición»


 

Por último, se ha hablado mucho estas últimas semanas sobre la disputa que podría abrirse al interior de Juntos por el Cambio por el liderazgo del espacio, con nombres en danza que surgen casi por decantación: Macri, Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Si luego de las PASO, con una diferencia de 15 puntos, el tiempo de Macri parecía haberse agotado, el sprint final con movilizaciones masivas y el recorte de casi el 50% de la diferencia entre los candidatos parece haberlo puesto de nuevo en el ring. Aún así, el presidente es el primero en buscar una reelección sin éxito desde que existe esa posibilidad; sin llegar siquiera al balotaje. Pareciera que su supervivencia tiene más que ver con tendencias (de -15 en las PASO a -8 en las generales), expectativas (encuestas que pronosticaban 20 de diferencia) y demostraciones de fuerza (30 marchas en 30 días). 

Sin embargo, Malamud es terminante: “En el presidencialismo no existe la figura de líder de la oposición”. Lo que sugiere que surge ad hoc para la contienda electoral próxima. Mientras que para Leiras, la definición de un nuevo liderazgo de la coalición opositora dependerá de una condición previa: la reconfiguración interna del espacio que mencionábamos más arriba. 

Independientemente de los desafíos internos que deben afrontar las coaliciones que dominan la política argentina en la actualidad, el país enfrenta notorias dificultades estructurales en materia económica que el próximo gobierno deberá intentar resolver con estrechos márgenes de maniobra. Habrá que esperar para ver si el temor a la profundización de la crisis cohesiona o si la escasez de recursos divide. 

 

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Vamos a volver (al «bipartidismo»)

En las elecciones de octubre se presentaron otras particularidades que dispararon debates acerca del futuro del sistema de partidos. El Frente de Todos y Juntos por el Cambio se llevaron más del 85% de los votos, aplastando las expectativas de terceras fuerzas de constituirse como una «ancha avenida del medio». Muchos leyeron esto como una vuelta al bipartidismo perdido en aquella crisis del 2001. O mejor dicho: como un sistema bipolar que vuelve renovado en forma de coaliciones o frentes.

Consultamos a los analistas para entender estos hechos en perspectiva histórica y las respuestas variaron, aunque con algunos puntos en común.

“La democracia cumple el próximo 10 de diciembre 36 años de vigencia, habiendo sorteado con éxito cuatro sublevaciones militares entre 1987 y 1990, una catástrofe económica (hiperinflación de 1989/1990) y una catástrofe de índole social (crisis 2001/2002)”, dice Leiras. “En este contexto el hecho de haber celebrado la novena elección presidencial desde 1983 adquiere una dimensión que debe ser debidamente valorada, aún cuando nos encontremos con una democracia que debe enfrentar diversas materias pendientes (calidad institucional; rol de las fuerzas de seguridad; definición de una estrategia de desarrollo; pobreza; corrupción sistémica; etcétera), resultado de sus propias ‘promesas incumplidas’”, sigue. Y concluye: “Todavía hoy en la Argentina, parafraseando a Raúl Alfonsín, con la democracia no se come, ni se cura, ni se educa”.

Por su parte, Murillo nos dice que “se cerró la crisis política abierta en 2001, que había fragmentado tanto al PJ como al no-peronismo (ambos presentaron 3 candidaturas en 2003), dándoles tal vez un nuevo cariz e incluso una nueva sociología”. Las coaliciones electorales se han estabilizado, sostiene, “y se reconocen tanto en el peronismo-antiperonismo que emergió hace más de medio siglo, como en el más reciente que refiere al ‘que se vayan todos’ y a su reemplazo por lo que pareció una nueva era de hegemonía kirchnerista en el contexto de un boom de materias primas”. Mientras tanto, para Malamud es la ratificación del espacio político existente desde 1946, con un campo peronista y otro no-peronista que no dejan lugar para terceras fuerzas. 

Ante la pregunta sobre qué factores estructuran y diferencian a estas dos grandes coaliciones, Santiago Leiras sostuvo que estamos en presencia de una sociedad dividida en torno de dos ejes principales: uno territorial y otro ideológico. “En el plano territorial Juntos por el Cambio se posiciona con ventaja electoral en la zona central del país, moderna y agroindustrial, mientras que el Frente de Todos adquiere ventaja decisiva en regiones de actividad extractiva y de alta dependencia del empleo público (Norte y Noreste del país, zona patagónica) y en la provincia de Buenos Aires de manera particular en la 3.ª sección electoral, donde la diferencia a favor del Frente de Todos se tornó decisiva para definir el resultado electoral”.

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En cuanto al aspecto ideológico, dice: “El eje ideológico puede ser definido en torno de dos grandes tradiciones políticas: por un lado, la tradición política republicana-liberal; por otro, la tradición nacional-popular. Sobre la base de esta división es que podemos ubicar a las dos grandes coaliciones o bloques electorales (Juntos por el Cambio y el Frente de Todos, respectivamente), más allá de la existencia de una división progresismo/tradicionalismo que se superpone con la diferencia entre ambas tradiciones político-culturales”.

Para Victoria Murillo, el domingo se demostró que dos coaliciones bien definidas, sociológica y geográficamente, dominan la política electoral argentina. “El voto por clase social y por geografía divide al peronismo del no-peronismo. El nuevo peronismo está anclado en un conurbano que ya no es industrial sino piquetero. Y el nuevo no-peronismo está firmemente enraizado en la pampa gringa y en las urbes más vinculadas a la economía global por producción o educación”.

 


Murillo: «Se cerró la crisis política abierta en 2001, que había fragmentado tanto al PJ como al no-peronismo»


 

Por último les preguntamos si consideran que el sistema político tiende hacia una lógica bicoalicional. “Una lógica bifrentista”, aclara Malamud. Y sigue: “En Argentina no hay coaliciones post-electorales, como en los parlamentarismos europeos o el presidencialismo brasileño, sino preelectorales: al ciudadano se le presentan dos opciones precocinadas que funcionan como los partidos estadounidenses, con alas y facciones, pero con más disciplina”

Santiago Leiras, por su parte, sostiene que sobre esa estructuración bidimensional de la sociedad y la política argentina (por territorio e ideología) es que el sistema de partidos puede tender a organizarse y tener expresión a través de una estructura bipolar de coaliciones, bloques o espacios, más que de partidos.

En cambio, Victoria Murillo abre un interrogante: “El electorado ya hizo una opción por dos polos políticos, que han sido históricos en Argentina. La pregunta es si los dirigentes entenderán la política desde esas dos coaliciones electorales o se dividirán por diferentes concepciones de poder y de gobierno dentro de cada coalición”. Sigue: “La oportunidad está para construir una opción bipolar alrededor de estas dos coaliciones; hay que ver si las tensiones internas dentro de cada una lo permiten, especialmente porque a diferencia del pasado no hay liderazgos hegemónicos en ninguna de la dos”. Y cierra: “En ambas las dos facciones (radicalizados y moderados) están en tensión pero no hay una que hasta ahora haya subordinado a la otra y ambas se necesitan para garantizar su caudal electoral”.

 

 

 

Crónica de una muerte anunciada: el dólar y la inflación, un nuevo capítulo en la historia argentina

Opinión | Por Mateo Pérez Copello* |

 

Ante la última devaluación vivida y la creciente preocupación de los ciudadanos sobre cómo impactará en la inflación, esta nota pretende realizar una breve explicación político-económica de dónde radican las causas de la depreciación del peso y qué consecuencias traerá. Al mismo tiempo, será necesario revisar las herramientas con las que el gobierno cuenta para impedir que se siga dilapidando el salario real de los argentinos (1). Para analizar este tipo de situaciones es importante remontarnos al 2015, con la asunción de Mauricio Macri al Poder Ejecutivo, donde un nuevo modelo económico se puso en funcionamiento.

Uno de los principales objetivos enfocados por este gobierno giró en torno al control inflacionario. El Banco Central de la República Argentina (BCRA) asumió el mando de esta búsqueda, implementando metas de inflación con el mero objetivo de ir calmando las expectativas inflacionarias determinando en el tiempo una desaceleración de la misma. La tasa de interés era el ancho de espada.

Para poder cumplir con las metas establecidas es de suma importancia que el Banco Central conozca el alcance de los mecanismos con los que cuenta para poder afrontar tanto shocks internos como externos que repercutan sobre nuestra economía y puedan llegar a poner en peligro el cumplimiento de estas metas. En economías relativamente pequeñas y abiertas, el tipo de cambio pasa a ser de vital importancia. Una variación en la relación de precios de ambas monedas puede afectar el nivel de precios de una economía. Esto es lo que se conoce como “pass-through” o “traspaso”.  En síntesis, cuánto de la suba del dólar repercutirá en la inflación.

La literatura concerniente al pass-through es amplia y variada. Hay tres estructuras de precios que pueden verse alteradas ante una variación del tipo de cambio: el precio del importador, el precio del productor y el precio al consumidor. El importador es quien compra el bien en el exterior y lo vende en el mercado interno. Este bien puede ser un bien intermedio, es decir, ser utilizado para la producción de un bien final, o puede ser directamente un bien final. Esto nos indica que el shock puede ser trasladado de un nivel hacia otro. Mientras cada sector tenga la capacidad de pasar el aumento de costos a los precios, lo va a realizar. De esta manera, al final del día la variación termina repercutiendo sobre el nivel de precios del consumidor, si la dinámica así lo permite. Si el traspaso no pudiera darse de manera total, será absorbido por el importador o por el productor, afectando sus niveles de ganancia. Por ende, el precio del consumidor estará influenciado por varios aspectos y dependiendo de cómo se encuentre cada uno de ellos determinarán el traspaso final.

Como en particular a nosotros nos interesa la evolución del Índice de Precios al Consumidor (IPC), las variables influyentes son: la participación de bienes finales importados; la participación de insumos importados usados en la producción de bienes finales nacionales; el margen de ganancia de los importadores; el margen de ganancia de los productores y los costos operativos atados al precio del dólar tanto por parte de los productores como de los importadores (hoy en día las tarifas y la nafta) de todos aquellos bienes que sean abarcados por el IPC.

Desde los inicios de este Gobierno esta situación estuvo raramente subestimada. En economías como la Argentina, el elevado coeficiente de pass-througth exige una coordinación en la implementación de la política monetaria y la política cambiaria. Sin embargo, la teoría no le bastó para entender esta situación y  las devaluaciones sufridas a lo largo de todo este tiempo repercutieron de manera directa en el salario real de los ciudadanos. La inflación se incrementó. El BCRA debió dejar atrás la implementación de las metas de inflación optando hoy por un esquema de agregados monetarios, asumiendo el compromiso de no aumentar el nivel de la base monetaria (2). Sin embargo, con el correr del tiempo fue demostrando su incapacidad para poder afrontar esta problemática.

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¿La responsabilidad es únicamente del BCRA? No. Si bien es el organismo encargado del control inflacionario, no se puede desarticular el comportamiento de la política económica y de la política monetaria como si una no influyera sobre la otra. Las medidas económicas significaban un ajuste que buscaba enfriar la economía para cortar la inercia inflacionaria, mientras se encaraban modificaciones mas radicales de desregulación en distintos planos como el cambiario, el comercial y la inversión. Al mismo tiempo, se iniciaba un nuevo ciclo de endeudamiento externo. El ingreso de capitales financieros especulativos caracterizó el período dejando a la economía totalmente endeble ante cualquier shock.

El pasado lunes 12 de agosto, luego del resultado de las elecciones primarias y ante un discurso presidencial apocalíptico, el tipo de cambio volvió a fluctuar y devaluó la moneda un 39% en tan solo un día, tocando los 64 pesos por dólar. Si bien se logró estabilizar, el salto fue aproximadamente, al día de hoy, del 23%. Esto le quitó mucha cintura política al Gobierno y por sobre todo recursos al Estado. La descoordinación mencionada llevó a que a lo largo del mandato macrista la depreciación haya superado el 550% y la inflación acumulada supere el 200%, aunque aún reste saber qué magnitud tendrá en los precios esta última variación cambiaria. Recordemos que Macri asumió con un tipo de cambio de 9,85 pesos por dólar.

La vulnerabilidad económica volvió a verse a flor de piel. Las expectativas hoy en día forman un factor clave a la hora de lograr la estabilidad cambiaria dada la libre movilidad de capitales. La conferencia de Mauricio Macri del “lunes negro” (post-PASO) no hizo más que atemorizar a la sociedad en su conjunto. Con sus reglas de juego claras, hicieron lo que no había que hacer. La “grieta” política planteada por el oficialismo que demoniza a la oposición generó que, una vez consumado el escrutinio, los financistas decidan salir del país. Los fondos extranjeros deshicieron sus posiciones en Argentina. La irresponsabilidad del presidente a la hora de afrontar un discurso paupérrimo traerá consecuencias sociales. El perdón ya no sirve. Lo hecho, hecho está.

El foco de atención debe estar en cómo impedir que esta depreciación siga impactando en los salarios reales de cada argentino y argentina. Una vez entendidos los mecanismos de transmisión del pass-through, y dada la composición de la canasta, repasar la coyuntura macroeconómica nos permitirá concluir cómo se dará el ajuste final. Por otro lado, el Gobierno debe decidir qué actitud tomar frente al dólar de acá en adelante para que este hecho no vuelva a repetirse.

 


«Las medidas económicas significaban un ajuste que buscaba enfriar la economía para cortar la inercia inflacionaria»


 

Como dijimos, dependiendo de qué tipo de shock afecte a la economía y cuál es la respuesta política a la misma, el pass-through del tipo de cambio será mayor o menor. En este caso, ante un shock nominal del tipo de cambio (3) y en un contexto de alta inflación con un continuo aumento en los costos de las empresas, se espera que el traspaso sea elevado (4). Recordemos que la inflación interanual anunciada por el INDEC para julio de 2019 fue de 54,4% respecto del mismo mes del año anterior. Más allá de que los objetivos del esquema de agregados monetarios del BCRA se encuentren en una buena posición, en el corto plazo el traspaso resulta inminente. Esto quiere decir, tal como lo dijo Guido Sandleris (Presidente del BCRA), que la depreciación del peso traerá inflación, una vez más.

Ante esta situación, el BCRA anunció el martes 20 de agosto que seguirá aplicando políticas que permitan mantener el tipo de cambio nominal en un valor estable, considerando que se encuentra en una posición “competitiva”. Para ello, ya desde la semana anterior, se fueron utilizando varias herramientas que posibilitan dicho objetivo. En primer lugar, se intensificó la absorción de pesos de la economía, algo que significó una suba de 11 puntos porcentuales de la tasa de las LELIQ. Este procedimiento trae una contracción de la oferta monetaria, algo que si bien a corto plazo ayudará a cumplir dicho objetivo, acarrea el costo de un nuevo freno del nivel económico nacional dada la quita de liquidez del mercado monetario. En segundo lugar, se realizaron ventas en el mercado de cambio spot por 500 millones de dólares, algo que ayuda a la liquidez de la divisa internacional y frena la devaluación. Este punto intensifica al primero. Que el BCRA salga al mercado a vender dólares vuelve a contraer la oferta de dinero, y si esta medida no es esterilizada, impactará también sobre el nivel de actividad económica. En tercer lugar, limitaron el apalancamiento en dólares por parte de los bancos, lo que quita presión sobre la demanda de la divisa por parte de las entidades financieras.

¿Quién absorberá dicha perdida?

La primera pregunta que se harán los representantes de cada sector es: ¿Qué capacidad tienen de traspasar este aumento de costos hacia los demás sectores? Acá es importante entender que ante el contexto recesivo que está sufriendo la economía local, hoy en día cuentan con poca capacidad de traspaso de costos a precios, ya que a lo largo de todos estos años el consumo ha bajado de manera notable y elevar los precios sobremanera puede implicar caídas en el ingreso total. Ante esta situación, la otra alternativa sería que tanto los importadores como los productores absorban con sus ganancias la suba de los costos, pero la crítica situación macroeconómica, que aqueja a todos los sectores productivos nacionales, les fue quitando margen de maniobra. En esta puja distributiva se encontrarán los perdedores y grandes perdedores de esta devaluación.

El último informe del INDEC sobre el Índice de Producción Industrial Manufacturero (IPI manufacturero) muestra en junio 2019 una caída del 6.9% respecto al mismo mes del año anterior.  Los sectores que más cayeron en los últimos 12 meses fueron la industria automotriz (con una caída del 29,1%), el sector de “Muebles y otras industrias manufactureras” (con una baja del 15,3%) y el sector de “Textiles, prendas de vestir, cuero y calzado” (que cayó 13,4%).

 

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Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC)

La Encuesta de Supermercados realizada nos muestra otro resultado interesante para poder diagnosticar la situación actual. Las ventas a precios corrientes para mayo 2019 nos indica un aumento del 2,3% respecto del mes anterior y un aumento del 44,7% respecto al mismo mes del año anterior, pero si expresamos esto a precios constantes de diciembre de 2016, en mayo de 2019 hubo una caída de 1% respecto al mes anterior y una baja del 13,5%  interanual (de mayo 2018 a mayo 2019). Podemos dilucidar la presencia inflacionaria  y la caída en el consumo ya que tenemos variaciones positivas a precios corrientes y negativas a precios constantes.

 

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Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Censos

 

El gobierno, consciente de los resultados obtenidos en la última elección, debe avizorar esta problemática porque de no intervenir puede agravar la situación económica aún más. Es hora de mirar a los trabajadores y no a los mercados financieros. ¿Podemos permitir seguir exponiendo a la sociedad a tales “sacrificios”? Después de casi cuatro años de ajustes con caída del salario real; caída del consumo; caída en la producción; aumento del desempleo; mayor pobreza; inflación; devaluación y tarifazos, es necesario un giro urgente.

El modelo encabezado por Mauricio Macri, que revaloriza al capital sobre el trabajo, está golpeando al pueblo. Como necesitan soluciones rápidas teniendo en cuenta que las elecciones de octubre están cada vez más cerca, el Gobierno optó de cara a los comicios por implementar políticas sociales dejando de lado una vez más su ideología política. Destruir con un discurso catastrófico, disculparse y querer emparchar con cinta un rueda que viene pinchada hace rato es perverso. Si bien se han lanzado medidas que buscan -temporalmente- aliviar la situación, lo que hoy debe ponerse en discusión es el modelo económico.

Crónica de una muerte anunciada, pero los que quedamos dentro del juego somos siempre los mismos.

 

(1) Base Monetaria (BM): son los billetes y monedas en manos de los ciudadanos, más los depósitos de pesos de los bancos en el BCRA.

(2) Salario real: nominalmente cada asalariado percibe un monto fijo de salario. “Juan gana 100 pesos por mes”. Si a Juan al correr de un año le aumentan 10 pesos (aumento del 10%) su salario nominal aumento. Pero si la inflación fue del 50%, su salario real cayó. Dado que la variación del salario fue menor a la variación de los precios, hoy Juan tiene menor poder de compra.

(3) Tipo de cambio nominal: en economía el término nominal refiere al valor numérico que se percibe. Es decir, si el tipo de cambio nominal es de 46 pesos por dólar y pasa a ser de 57 pesos por dolar, hubo un aumento del tipo de cambio nominal.

(4) Taylor, JB. (2000). Low inflation, pass-through, and the pricing power of firms. European Economic Review, 44.

 

*El autor es estudiante de Economía en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

 

De periodismo, campañas y líneas discursivas

Algunos apuntes sobre la comunicación política y el periodismo en tiempos de campaña electoral

Opinión | Por Milton Rivera*|

 

Como casi siempre en campaña, el periodismo recupera la centralidad que en tiempos normales a veces parece despreciar. En años electorales cualquier despabilado tiene la facilidad cierta de desanudar las confusiones que presentan los matices del oficio. Esto sirve, esto no, esto aporta, esto perjudica: esto es periodismo, esto es una forma engañosa de presentarlo como tal. Lejos de merecer un análisis sombrío, creo que en cierta medida guarda un carácter ordenador y permite ver los destellos de claridad que surgen dentro de la locura que representa la dinámica electoral. Desde esta revista va un tímido intento por aportar a ello.

De aquí la importancia de analizar los discursos de las dos fuerzas políticas más competitivas. Desde Juntos por el Cambio se habla de la elección más importante desde la vuelta de la democracia. Se apela al voto útil pero desde un punto de vista trágico, casi apocalíptico. Es racional, dice Andrés Malamud: el votante de Cambiemos es menos intenso y puede decidir quedarse en casa. Pero si algo se reconoce de este tiempo, es el fortalecimiento de las vías institucionales y la democracia, al punto que Macri terminará su Gobierno a pesar de no tener credenciales peronistas. Un intento parecido parece haber surgido desde la Provincia cuando Vidal se sinceró ante empresarios al reconocer que pierde por dos puntos en las PASO (puede ser pensado como un tirón de oreja para que la gente vaya a votar).

La coordinación de Peña está debidamente aceitada y hasta parece apostar a nuevos recursos desde su laboratorio digital. Si bien en este momento da la sensación de que la fuerza opositora logró recuperar la agenda de discusión desde la economía, (hoy) marginales concejales pinamarenses se empeñan en alcanzarle soluciones rápidas al equipo de Duran Barba. Dejar hablar para el revival del pavor venezolano, la persecución y el totalitarismo que dieron resultados en 2017. Si la discusión vuelve a encauzarse hacia el punto débil (flaquísimo) que tiene el Gobierno, el equipo para enfrentar tamaño desafío ya fue elegido: parece ir con la delantera Lousteau-Lacunza (a la que ocasional y paradójicamente puede sumarse Guillermo Nielsen).

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FOTO: Télam

Las avivadas de Pichetto son vistas puertas adentro como el condimento peronista que faltaba para estos tiempos de transveralidad federalista del movimiento que “no lo contuvo”. Entonces por un lado vemos una insistencia para exagerar la importancia de esta elección, y un esperar y ver qué pasa: apostar a los errores no forzados y la desorganización del adversario; y por ultimo, en caso de no llevar las riendas de la agenda pública, atender las discusiones de manera ordenada y con voceros cuidadosamente seleccionados. Los chispazos del candidato a vice son un detalle que puede sumar.

Del otro lado la cosa viene más complicada, como era de esperar. El peronismo se reconstruye siempre sobre la marcha y no se asienta definitivamente sobre un nuevo liderazgo hasta tanto no gane otra elección. El Frente de Todos se conforma por fuerzas que hasta hace poco tenían diferencias de concepto muy grandes y algunas con liderazgos propios. No está claro quien conduce la campaña y cuáles son sus líneas discursivas. Todos los actores luchan por llevar el foco de discusión hacia un mismo puerto, que es la economía, pero no lo hacen de forma coordinada sino mas bien con cruzadas individuales. A veces Cristina dice algo que Alberto se ve forzado a matizar con su carácter presuntamente moderador. Queda a las claras que al candidato a presidente se lo expone mucho y se lo carga de cosas. Se lo puede ver arbitrando una disputa dentro de su espacio, actuando como jefe de campaña de su propia candidatura, o como moderador de los impulsos agresivos de algunos compañeros, aunque nadie modere los suyos. “A Alberto no se lo cuida”, se quejan desde el Instituto Patria. 

 


«En el Frente Todos, todos los actores luchan por llevar el foco de discusión hacia un mismo puerto, que es la economía, pero no lo hacen de forma coordinada sino mas bien con cruzadas individuales»


 

Es cierto que si los diarios de mayor tirada titularan con declaraciones desafortunadas de algunas figuras cercanas al Gobierno la cosa estaría más pareja (porque exabruptos sobran aquí y allá). Pero en primer lugar, si bien Aníbal Fernandez es un político marginado sin ninguna incidencia en la toma de decisiones del espacio, hasta hace poco encabezaba la lista como candidato a Gobernador de Buenos Aires. Aníbal es el último episodio de una serie de errores e infortunios que, sumado a la capacidad del Gobierno para ganar elecciones que se le presentan casi imposibles de movida, pueden reordenar el mapa electoral si no se corrige de inmediato el caos desde este lado.

Como no se terminar una nota sin el final circular tan trillado, volvamos a la función a la cual nos gustaría aportar desde este lugar. El periodismo podría funcionar como ese equipo ofensivo, que propone y que va al ataque desde que suena el silbato. Que intenta desactivar las estrategias de los amarretes, que no quieren jugar: un periodismo bielsista. Entre tanto arte de conducir elecciones, las propuestas serias brillan por su ausencia y se cae en simplismos y retóricas inútiles. Hay temas urgentes que requieren explicaciones, inventiva, sensatez e ideas sólidas y elaboradas. Eso esperamos desde acá, arrinconar al que está enfrente y forzarlo a salir jugando con categoría y personalidad, como necesita este país. 

 

*El autor es estudiante de Ciencia Política en la Universidad Católica Argentina (UCA) y editor en Segunda Vuelta Revista.

Tiempos de moderación: cinco preguntas sobre el escenario político

Opinión | Por Tomás Allan |

 

Vivimos tiempos agitados para la política argentina. Más de un mes antes del cierre de listas del 22 de junio, Cristina Fernández anunció su decisión de correrse del centro de la escena para dejar a Alberto Fernández como candidato presidencial y acompañarlo desde la vicepresidencia. Rápidamente, más de una decena de gobernadores peronistas se alinearon con la novedosa fórmula, expresándole públicamente su apoyo. Luego, tres semanas más tarde, Mauricio Macri sorprendió a todos al ofrecerle la candidatura a vicepresidente a Miguel Pichetto, (ahora ex) jefe del bloque justicialista en el Senado de la Nación.

Numerosos análisis se han hecho hasta el momento sobre estas decisiones, intentando interpretar los gestos de los dos principales líderes políticos del país y tratando de decodificar cómo quedaba planteado el tablero político de cara a las primarias de agosto, las elecciones generales de octubre y un eventual ballotage en noviembre. Cristina Fernández tomó la iniciativa aquel 18 de mayo y produjo una serie de reacciones no solo en los sujetos destinatarios directos de su mensaje (¿el resto del peronismo?) sino también en otros actores políticos a quienes no fue dirigido pero que obviamente tienen interés en sus movimientos. De este modo, se produjeron varias decisiones en cadena que terminaron por reconfigurar el tablero político.

Para responder a la pregunta mayor (cómo quedó efectivamente configurado el escenario) podemos recorrer cuatro interrogantes que la preceden: a quiénes le hablaron Cristina Fernández y Mauricio Macri al desginar a Alberto Fernández como candidato a presidente y a Miguel Pichetto como candidato a vice; qué mensaje querían enviar; qué efectos produjeron en sus destinatarios y qué efectos produjeron en otros actores políticos.

Del Albertazo al rosquero superpoderoso

Mucho se ha dicho ya sobre la decisión de postular a Alberto Fernández como candidato a presidente, con una conclusión que destacó con claridad en la mayoría de los análisis: la búsqueda de moderación. La decisión de optar por una figura que se fue del gobierno kirchnerista en su momento de radicalización (post pelea con el campo), que criticó con dureza la forma de la ex mandataria de conducir los asuntos públicos en sus últimos años de gobierno y que parece tener (o poder tener) buen diálogo con sectores de poder en aparente tensión con el kirchnerismo (Clarín, “el campo”, el empresariado, el FMI), fue leído como una indudable muestra de moderación que permitiría ampliar el espacio de cara al cierre de listas y ofrecería la posibilidad de llevar a cabo algunos acuerdos en caso de llegar al gobierno para de esa manera garantizar gobernabilidad en una etapa que será complicada desde el punto de vista económico, gane quien gane. La decisión de colocar al ex Jefe de Gabinete también podría mantener el piso de votos de la ex mandataria y perforar su techo, clave para un eventual ballotage.

Si los destinatarios principales del mensaje cristinista fueron los gobernadores y el resto del peronismo, este parece haber tenido relativo éxito si atendemos a los rápidos alineamientos que se produjeron luego del anuncio, incluido el de Sergio Massa, aunque con algunas idas y vueltas previas.

Pasaron algunas pocas semanas hasta la siguiente movida política de trascendencia. La decisión de incluir a Miguel Pichetto en la fórmula presidencial oficialista sorprendió a propios y extraños: llegaba un peronista de pura cepa a ocupar nada menos que el puesto de candidato a vicepresidente de la fuerza política que hegemoniza el espacio no-peronista del sistema político. Nuevamente, los análisis comenzaron y varios merodearon la tesis del fin de la grieta o, al menos, de su conmoción: si la decisión de ubicar a Alberto Fernández como candidato a presidente del espacio kirchnerista era el principio del fin de la grieta, la decisión de que Miguel Pichetto secundara a Mauricio Macri en la fórmula presidencial era el acto que lo consumaba.

Aunque otras lecturas sugieren que esta está más viva que nunca: ambas decisiones consolidan la grieta pero la moderan (giro al centro) o bien la ratifican ampliando sus respectivos espacios pero sin moderarse (los dirigentes que escapaban a su lógica van hacia los polos pero no los polos hacia ellos –como una especie de imán). Cualquiera de estas presupone vocación de amplitud y un reconocimiento tácito de que para poder ganar las elecciones y, sobre todo, para gobernar luego de ello en una situación económica delicada, se necesitará salir del empate de minorías intensas y posiciones defensivas para lograr acuerdos amplios que garanticen la tan mentada gobernabilidad.

Como sea, algo cambió. Las veredas se ensancharon; los desplazamientos de ciertos actores que hasta ahora habitaban el centro de forma dispersa ampliaron los sectores enfrentados. Massa y varios gobernadores para un lado; Lousteau (que desde 2015 pareció estar con un pie adentro y otro afuera de Cambiemos) y Pichetto para el otro. Si tomamos la teoría del giro al centro de las dos fuerzas principales de la política argentina ello redundaría en un esquema de fuerzas centrípetas: ambas compiten por el centro. La grieta ya no centrifuga sino que aprieta, y los polos están más cerca que antes, dice Andrés Malamud. Sin embargo, ni bien Pichetto salió a la cancha a hacer declaraciones públicas, muchos comenzaron a poner en duda esta tesis: ¿de qué giro al centro hablamos si el flamante candidato comienza a tratar a sus adversarios de comunistas, vocifera contra la flexibilidad en la llegada de inmigrantes y propone rediscutir el rol de las Fuerzas Armadas para que puedan intervenir en tareas de seguridad interior?

Dice Ignacio Ramírez: “Lo de Pichetto fue un giro al centro en términos políticos, pero fue una bolsonarización en términos ideológicos”. El Pichettazo difuminó (¿diluyó?) la línea divisoria entre el espacio peronista y el no-peronista e implicó la cooptación de uno de los principales actores del peronismo no-kirchnerista, nucleado en torno a Alternativa Federal, hasta ese momento renuente a plegarse a cualquier polo de la grieta. Pero, en efecto, su discurso en temas de seguridad e inmigración y sus referencias elogiosas a figuras como Matteo Salvini o Jair Bolsonaro dan pie a la tesis de la radicalización cambiemista, que fue ganando terreno con el cierre de listas y los acercamientos a figuras como Amalia Granata y Alberto Asseff, probablemente algo obligados por la candidatura de José Luis Espert y Ricardo Gómez Centurión. Hasta estas elecciones, el Gobierno no tenía amenazas concretas por derecha. Sus candidaturas lo obligaron a moverse para neutralizar o al menos atenuar esa fuga de votos.

macri y pichetto 2

Entonces, ¿a quién le habló Macri con la designación de Pichetto? En los primeros análisis primó la idea del mercado como “sujeto” destinatario, que aparentemente habría reaccionado positivamente a la postulación del rionegrino. Esta alegría subrepticia obedecería a que su figura encarnaría una suerte de garantía de gobernabilidad para el segundo mandato macrista, por su aptitudes negociadoras y su estrecha relación con varios sectores del peronismo (especialmente los gobernadores), lo cual permitiría conseguir los votos suficientes para aprobar algunas reformas que el gobierno considera necesarias. Sin embargo, esta teoría deja algunas dudas: Pichetto garantizó la gobernabilidad durante el primer mandato macrista desde su posición de jefe de bloque del justicialismo, ¿pero puede garantizarla desde las filas del oficialismo? Por otro lado, no termina de entenderse el porqué de la alegría de los mercados por lo que pudiera pasar en un eventual segundo mandato macrista si la candidatura de Pichetto no aporta votos propios para cumplir una condición anterior, a la cual ese segundo mandato se encuentra obviamente sujeto: ganar las elecciones.

En fin: tesis verosímiles pero con cierta dosis de sobreestimación de las aptitudes negociadoras de Pichetto y de sobreinterpretación de los cálculos del Mercado, ese “sujeto” que solo puede hablar lo que los analistas políticos le hagan decir.

Como fuere, desde esta perspectiva la ecuación del Gobierno es que el rionegrino tranquiliza a los mercados, lo cual significa dólar calmo y, por tanto, se evita la fuga de votos potenciales que se produce ante cada subida de la moneda norteamericana. Carlos Pagni dice que la imagen de Macri está indexada al dólar: cuando este sube, aquella cae; cuando este baja, aquella sube. La paz cambiaria de acá a las elecciones garantizaría la victoria oficialista. Visto así, su figura no sumaría votos propios pero evitaría indirectamente su fuga. La conclusión es verosímil, lo que se pone en duda es la veracidad de la premisas.

 


«Las veredas se ensancharon; los desplazamientos de ciertos actores que hasta ahora habitaban el centro de forma dispersa ampliaron los sectores enfrentados»


 

Finalmente, se ha dicho que su incorporación podría cobijar al votante peronista de derecha, algo también verosímil, aunque cuesta imaginar que estos votantes fuesen renuentes a optar por Cambiemos antes del anuncio de la fórmula, mientras que la fórmula Lavagna-Urtubey ofrece un resguardo para el electorado peronista descontento con el Gobierno y el kirchnerismo.

En el medio, Lavagna y Urtubey unieron fuerzas. Por lo general, la teoría de la ampliación de veredas que angostan y presionan la avenida del medio supone que la tercera vía saldría inevitablemente perjudicada. Sin embargo pueden introducirse algunos matices. Hasta acá, esa ampliación del polo oficialista y del polo opositor-kirchnerista se dio a nivel dirigentes. Sin embargo el desplazamiento de ciertos actores del centro hacia los polos no necesariamente conlleva un movimiento sustantivo de los votantes en el mismo sentido. Si bien el estrechamiento del centro podría perjudicar a Roberto Lavagna, la reducción de la oferta en una zona que pasó a ocupar en solitario podría beneficiarlo si el electorado se mantiene escéptico a los movimientos de Sergio Massa y Miguel Pichetto. Hay que ver si, en efecto, ese movimiento de nombres va acompañado de una moderación en los discursos, y observar el comportamiento del electorado indeciso y su resistencia a moverse al compás de esos movimientos. De este modo, su aventura probablemente dependa (al menos en parte) de la (in)elasticidad de la demanda antigrieta con respecto a las variaciones que se produjeron en la oferta.

Por otro lado, quizá la función de Lavagna vaya mucho más allá de un buen pasar electoral: «La figura de Lavagna destrabó la política», escribe Martín Rodríguez. Su aparición como posible candidato allá por enero de este año, con un potencial electoral creciente en las encuestas, en las que aparecía venciendo tanto a Macri como a Cristina en un eventual ballotage -aunque con dificultades para llegar a él- y atrayendo votantes de ambos bandos, puede que haya contribuido de una forma al menos considerable a moderar la polarización.

Peronismo «todo a lo largo»

El cierre de listas y los desplazamientos que se dieron en la previa exigen un análisis sobre cómo se ha (re)configurado el escenario político. En este sentido, puede ser interesante detenerse en la lectura que los propios actores hacen sobre el tema, dado que la batalla electoral pasa en buena parte por los términos en que ella se enuncia “desde adentro”. La pregunta que subyace es: ¿qué es lo que hay en juego en estas elecciones? Si para el Gobierno estos comicios plantean una disputa entre demócratas liberales republicanos versus populistas autoritarios, para la principal fuerza opositora se enfrenta el campo popular versus el neoliberalismo rampante. Mientras que para el lavagnismo estamos ante el enfrentamiento del fracaso del pasado y el fracaso del presente, solo superables con una alternativa que escape a la grieta.

Unos harán eje en la cuestión moral e institucional mientras que otros harán hincapié en la agenda socioeconómica, que parece ser el flanco débil del oficialismo. Veremos qué interpretación logra imponerse en esta disputa (¿superestructural?) sobre lo que se juega en estas elecciones.

cristina y alberto 2

Por otro lado, “desde afuera” han surgido algunas interpretaciones diferentes más allá de la reproducción de esas mismas lecturas. Si en Argentina siempre ha sido algo impreciso el esquema izquierda-derecha para interpretar la realidad política, las apariciones de Alberto Fernández primero y de Miguel Pichetto después habilitarían un análisis de ese tipo. La candidatura vicepresidencial de este último difumina el clivaje peronismo-no peronismo y da mayor nitidez a este esquema clásico en el que tendríamos dos grandes coaliciones -una en la centroderecha y otra en la centroizquierda-, que entre ambas se llevarían más del 70% de los votos; un centro “flaco” apoyado en la figura de Roberto Lavagna, que aspira a superar los 10 puntos en las generales, y alternativas minoritarias desbordando este esquema por izquierda (FITU) y por derecha (Espert y Gómez Centurión), que se calcula no superarán el 5% cada una.

Por su parte, si bien el Gobierno siempre eligió el confrontamiento directo con el kirchnerismo (y particularmente con la figura de Cristina Kirchner), el discurso de los “70 años de decadencia” (que implícita o explícitamente hace referencia al peronismo) y su intención de distinguirse claramente de “la vieja política” le han permitido presentarse como la fuerza no-peronista por excelencia, nucleando al antiperonismo más duro. Con la designación de un peronista de pura cepa y rosquero de la primera hora en la fórmula presidencial, esa línea divisoria pierde nitidez.

El Gobierno pudo jugar a distinguirse tan nítidamente del peronismo como un todo en tanto y en cuanto este estuviera, en los hechos, dividido (en tanto no fuera un “todo” real y actual sino ficticio e histórico). Cuando el peronismo amagó a unirse bajo la figura de Alberto Fernández, Cambiemos decidió flexibilizar uno de sus componentes identitarios y volver a focalizar a su adversario en un círculo más pequeño, que representa solo una versión particular de aquel: el kirchnerismo. El cambio ya no es respecto de “70 años de atajos y avivadas” sino respecto del proceso de 12 años kirchneristas. Se corre la frontera política. Digamos que para el Gobierno lo que está en juego en estas elecciones es la integridad de las instituciones republicanas, y eso no distingue entre peronistas y no-peronistas sino entre kirchneristas y no-kirchneristas. Esto implica reducir el espacio opositor y permitirse ampliar el propio.

 


«El Gobierno pudo jugar a distinguirse tan nítidamente del peronismo como un todo en tanto y en cuanto este estuviera, en los hechos, dividido»


 

Lo cierto es que, a pesar de las advertencias de que podría producir la fuga del núcleo de votantes antiperonistas, esto no parece representar una amenaza concreta si tenemos en cuenta que ninguna de las fuerzas realmente competitivas quedó exenta de peronismo, por lo cual parece difícil que emigren a otros pagos.

Por último, la formación de un espacio progresista no-kirchnerista parece que tendrá que esperar. El progresismo depositaba en la figura de Lavagna la esperanza de la construcción de una alternativa progresista de escala nacional, pero una serie de eventos desafortunados hicieron caer esas expectativas. La decisión de incluir a Juan Manuel Urtubey como candidato a vicepresidente, la derrota electoral del socialismo en Santa Fe (que perdió la gobernación a manos de un peronismo unificado hacia la derecha, liderado por Omar Perotti) y la conformación de listas en las que primó la estructura del sindicalista Luis Barrionuevo y otros sectores del peronismo bonaerense por sobre las estructuras partidarias del GEN y del Partido Socialista terminaron por opacar esa tonalidad progresista que se esperaba darle a esta construcción a nivel nacional. De todas maneras, puede significar una buena oportunidad para conquistar algunas bancas legislativas.

En suma, ambos gestos giraron en torno al cargo de vicepresidente; ambos han tenido efectos en lo inmediato y podrán tener otros de mediano y largo plazo que habrá que esperar para verificar; ambos mostraron apertura en sus respectivos espacios. No obstante, no está tan claro que esa potencia simbólica de las movidas que incluyeron a Miguel Pichetto y Alberto Fernández hayan tenido un correlato material en el armado de listas, en donde los sectores que podían ampliar los respectivos espacios no han tenido el lugar que se esperaba. Aquel 18 de marzo Cristina tomó la inciativa, Macri respondió y el resto de los actores se incorporaron al juego. El tablero político comenzó a reconfigurarse y el cierre de listas nos dio algunas certezas, pero la incertidumbre primará de cara a las PASO, en una competencia que se avizora reñida. Las fichas se van acomodando pero falta un largo trecho aún por recorrer.

 

*El autor es estudiante de Derecho (UNLP), editor en Segunda Vuelta Revista y colaborador en La Vanguardia Digital.

El artículo fue originalmente publicado en La Vanguardia Digital con el título «PASO a paso: el escenario político de cara a las elecciones de agosto» y sufrió algunas modificaciones para la presente republicación.

 

 

F. Suárez: «Los actores parecen haber perdido radicalización»

Entrevista a Fernando Manuel Suárez* | Por Tomás Allan |

 

El sábado 18 de mayo Cristina Fernández anunció su decisión de correrse del centro de la escena para dejar a Alberto Fernández como candidato presidencial de su espacio y acompañarlo desde la vicepresidencia. La ex mandataria retomó la iniciativa política y obligó al resto de los actores a moverse. La respuesta del presidente Macri llegó algunas semanas más tarde, con la decisión de incorporar a Miguel Pichetto, ex jefe del bloque justicialista en el Senado de la Nación, a la fórmula presidencial que competirá en las elecciones por el espacio oficialista.

Ambas decisiones deben leerse en espejo, nos dice Fernando Manuel Suárez, profesor en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata y mágister en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. ¿Qué mensajes quisieron enviar los principales líderes políticos del país? ¿Cómo quedó planteado el escenario luego del cierre de listas? ¿Qué criterios pueden ordenar la competencia electoral de este año? Sobre estos temas charlamos con Fernando, que aprovecha también para explayarse sobre la situación de la tercera vía y el tan divulgado concepto de la grieta. 

 

Ya con las listas de candidatos cerradas, ¿cómo puede leerse la decisión de Cristina Fernández de designar a Alberto Fernández como candidato a presidente?

Las interpretaciones han sido muchas. Está claro que la decisión de Cristina apuntó en dos sentidos. Por un lado a descomprimir el efecto que provocaba la presencia de su figura, sobre todo en el voto negativo. Al correrse al segundo lugar de la fórmula no diluye su potencial electoral pero sí intenta atenuar parcialmente el efecto por la negativa que generaba en el potencial electorado de Cambiemos (hoy Juntos por el Cambio). Y después también está orientada a terminar de acercar a sectores del peronismo, que si bien estaban dando algunas señales, esperaban un gesto para dar el paso a la unidad. Sergio Massa, la figura más visible quizá, pero también varios gobernadores, intendentes… que tenían visiones críticas sobre el kirchnerismo. Y este cambio de orden en la fórmula y la inclusión de una figura como la de Alberto Fernández, que supo ser opositor al kirchnerismo en el último tiempo, le dio aire al frente y logró integrar a estos actores que se mantenían todavía distantes o que incluso evaluaban alguna tercera vía.

¿Y la decisión de Mauricio Macri de que sea Miguel Pichetto quien lo acompañe en la fórmula?

La respuesta de Macri fue un poco en espejo, con la idea de aligerar los rasgos más sectarios que había tomado Cambiemos. Un Cambiemos muy hegemonizado por el Pro y sobre todo controlado por Marcos Peña, donde tanto el radicalismo como los sectores más políticos (Monzó, Frigerio…) habían perdido participación. Pichetto es una figura que viene del peronismo, que estuvo en el kirchnerismo pero siempre mantuvo algún grado de autonomía. Algunos lo ven como una forma de incorporar a una figura que de alguna manera radicaliza el discurso de una derecha más conservadora, que Pichetto lo encarna bastante bien y ha enfatizado ese rasgo en sus intervenciones públicas. También esperaban que a través de él se sumaran algunos actores. En eso quizá el Gobierno ha sido menos exitoso de lo que creían pero ha habido algunas incorporaciones, como el caso de Alberto Assef que sirvió para debilitar o dejar fuera de carrera a una de las opciones minoritarias que le sacaba votos a Cambiemos, que en un escenario de paridad o de polarización pueden terminar siendo muy relevantes, más en una elección de tres vueltas como es hoy en Argentina. Es una lectura doble: se aligera la radicalización del discurso pero se consolida la polarización. La polarización es un atributo del sistema; la radicalización es un atributo de los actores, algo que señala acertadamente Andrés Malamud. Los actores parecen haber perdido radicalización. Se sale de una etapa más defensiva de la polarización para ir a una más ofensiva, yendo a capturar algunas figuras y a través de ellos, –esperan- votos. Y también ganar tiempo en el efecto polarizador que siempre produce el ballotage, es decir acelerar ese proceso en desmedro de las otras alternativas políticas.

 


«Se sale de una etapa más defensiva de la polarización para ir a una más ofensiva»


 

¿Tuvieron los efectos que se esperaban? ¿Qué efectos tuvieron sobre otros actores políticos?

Fue muy efectiva la estrategia de Alberto Fernández en tanto permitió la incorporación de los actores que mencionamos. Todavía no me queda claro que eso tenga una repercusión electoral. Es muy difícil de medir su candidatura porque el electorado kirchnerista va a seguir referenciado en la figura de Cristina, y hay que ver cuánto voto se incorporó a esa figura. Lo de Pichetto tuvo un impacto quizás menor en la incorporación de actores pero le permitió quebrar fronteras que se habían vuelto muy rígidas, porque con Pichetto se sumaron también otros actores que quizás no se les dio tanta relevancia pero es importante destacarlos, como es el caso de Martín Lousteau, que es una figura que sigue teniendo potencial, a pesar de algunos errores tácticos que cometió.

Igualmente, el principal capital del Gobierno tiene que ver con la estabilidad económica y la posibilidad de sostener eso a cualquier costo. Ahí va a ser también decisivo el tema de los tres turnos electorales que tiene hoy Argentina. Me da la impresión de que el kirchnerismo apunta a lograr una victoria en primera vuelta, mientras que el Gobierno sigue apostando a ser el “Partido del Ballotage”, como bien acuño Ignacio Zuleta. A concentrar los votos negativos hacia el kirchnerismo. Sigue siendo un escenario abierto que hoy se muestra desfavorable al Gobierno y favorable al kirchnerismo.

macri y pichetto

¿Cómo queda la situación de la tercera vía?

La tercera vía empezó a sufrir los embates de la polarización hace un buen rato. Y llega al cierre de listas algo debilitada, sobre todo porque ha perdido muchos recursos organizativos (“los fierros”) que esperaba tener. Hoy el espacio de la tercera vía prácticamente no tiene ningún gobernador, dada la derrota del socialismo en Santa Fe. Y algunos actores que en algún momento flirtearon con esa opción (como el caso de Schiaretti, Uñac, Bordet…) prefirieron adherir al Frente de Todos, aunque manteniendo siempre una equidistancia prudente. Los gobernadores tienen que mantener una buena relación con los oficialismos, cualquiera sea, entonces no van a demoler puentes con ninguno de los espacios. En este caso olfatean que la victoria del Frente de Todos es factible. Creo que la tercera vía va a preservar un caudal electoral razonable, que puede no ser suficiente para el espacio en términos electorales, y que incluso puede deteriorarse a lo largo de las tres instancias, pero sigue siendo un caudal electoral decisivo en caso de triunfo en primera vuelta de cualquiera de las fuerzas. Ese segmento electoral, que podrá estar entre un 5 o 6 % (en una tesis muy negativa) y un 15 % (en una muy positiva), termina siendo fundamental, tanto en términos de lo que concentra en las primeras instancias como de cómo se va a desintegrar ese electorado en un eventual ballotage, en pos de alguno de los polos.

¿Se pospone la construcción de un espacio progresista no-kirchnerista de escala nacional?

Está claro que la derrota en Santa Fe parece una evidencia incontrastable de una crisis, dada la desaparición de figuras de ese espacio progresista en las fórmulas presidenciales, incluso si extendemos ese espacio al radicalismo. Creo que es consecuencia de una acumulación de errores y desaciertos de largo aliento. Hubo errores propios y luego la dinámica política también te conduce a un lugar. Hubo errores incluso en etapas de éxito. En 2011, cuando el progresismo queda como segunda fuerza nacional con aquel 17% de Binner, forzó una serie de interpretaciones por parte de los dirigentes y militantes de ese triunfo que luego condujeron a lecturas equivocadas. En ese sentido, me da la impresión de que el tipo de autocrítica que hay que hacer es más estructural y menos preso de la coyuntura electoral. Yo aligeraría un poco el derrotismo respecto de cuál es la fórmula final del espacio, con la incorporación de Urtubey y la subrepresentación del espacio progresista, porque si bien Lavagna acumuló errores a lo largo de su campaña, la decisión de incorporar al otro candidato que jugaba en ese espacio fue tácticamente acertada. Y ahí el progresismo tiene la posibilidad de meter algunos diputados. Encabeza la lista en Santa Fe, en Córdoba, va en cuarto lugar en la provincia de Buenos Aires, y eso es bastante interesante en términos de lo que representa hoy el progresismo en términos electorales. Creo que se requiere un pensamiento un poco más táctico y luego hacer revisiones un poco más profundas y estructurales. Hay mucho sobre lo cual reflexionar. Uno de los puntos más importantes va a ser el recambio generacional.

¿Estamos ante el fin de la grieta o ante una mera reedición?

Con respecto a la grieta, yo creo que estamos, por un lado, ante la fetichización de un concepto, que se volvió popular, que sigue dando títulos a notas, libros, análisis… pero que es menos idiosincrático de lo que parece. No me refiero en términos históricos sino de la política en general. Vivimos en un momento en el que la democracia liberal está viviendo momentos críticos. Y al mismo tiempo la polarización -que esa sí es una categoría adecuada- es un rasgo bastante extendido en las democracias contemporáneas. Y, como decía Pérez Liñán en una nota en Clarín, en un sentido deseable. Es decir, el problema no está en la polarización sino en la radicalización de los actores. Y en ese sentido la Argentina parece ser mucho menos radicalizada de lo que algunos comunicadores señalan. Y los cambios e incorporaciones en las fórmulas presidenciales daría la impresión que abonan esa lectura de una polarización no tan radicalizada. Por un lado eso. Después, la faceta negativa de ese aligeramiento de la radicalización y esta polarización con aristas menos duras tiene que ver con la situación social y política, que remite a la cuestión de que hoy el diagnóstico socioeconómico de la Argentina es muy negativo, entonces da la impresión de que el repertorio de opciones que tienen todos los actores principales (Macri, Alberto Fernández, Lavagna…) con respecto a esa situación son muy limitadas. Y va a costar mucho tiempo desandar socialmente eso. Los números en términos de pobreza, indigencia, inflación, crecimiento de la economía… son absolutamente negativos, y pareciera que ninguno de los actores –al margen de las expectativas de sus bases y de sus comunicadores- se diferencia mucho entre sí. Y esa es una gran deuda de la política. Eso lo señalan con mucha claridad Pablo Touzón y Martín Rodríguez en su libro. Hay una relación ahí entre la grieta política y las múltiples grietas sociales, que merece un análisis más profundo. Es una bomba de tiempo, que no ha estallado porque las políticas sociales se han mantenido y hay mecanismos de contención relativamente estables, pero que puede estallar en algún momento. Hay un punto de la fisonomía de la grieta actual que plantea eso: una grieta mucho menos beligerante que antes y que en otros países, pero al mismo tiempo como saldo de una economía que parece estar muy condicionada por la restricción externa y por el endeudamiento. Y eso ofrece un panorama al menos preocupante.

 


«El problema no está en la polarización sino en la radicalización de los actores»


 

¿Cómo queda configurado el escenario político? ¿Pierde fuerza el clivaje peronismo-no peronismo como ordenador de la política nacional y gana fuerza el clivaje clásico izquierda-derecha?

Con respecto a los clivajes yo tengo algunas dudas. Ordenan el escenario electoral, ofrecen coordenadas… pero yo no estoy muy seguro de que sean tan nítidos, transparentes y excluyentes entre sí. Me da la impresión de que es cierto que discursivamente parece estarse dando un corrimiento del clivaje peronismo-antiperonismo, pero me parece algo muy moderado. De hecho el Pro desde sus orígenes tiene muchos integrantes que provienen del peronismo (Monzó, Santilli…). Y con respecto al clivaje izquierda-derecha, me parece que funciona pero sobre tópicos muy segmentados. Es decir, sobre ciertos tópicos, ciertas agendas… y que va encontrando límites también por la ampliación de los espacios. En ese sentido, los enunciadores principales pueden tender a cierta línea. Digamos: Pichetto y Bullrich representan un discurso ordenancista claro de una derecha punitivista y el kirchnerismo tiene otra línea sobre eso; pero después el kirchnerismo ha tenido enunciadores importantes que hoy pueden no ser protagónicos pero que han seguido líneas similares (pienso en el caso de Berni). Entonces, da la impresión de que ese clivaje va a operar en algunos momentos pero no sé si va a ser decisorio. Sobre todo porque me parece que va a ser muy poco ordenador en términos electorales. El clivaje peronismo-antiperonismo sigue teniendo alguna correlación electoral pero no me queda claro que el clivaje izquierda-derecha tenga un impacto decisivo. Digamos, no me da la impresión de que los sectores más liberal-progresistas de Cambiemos (hoy Juntos por el Cambio), como puede ser Martín Lousteau o un sector del radicalismo que se referencia en él, vayan a dejar de votar al espacio por la figura de Pichetto u otros actores con discursos derechistas. Lo mismo a la inversa: daría la impresión que la lectura del kirchnerismo, si bien tiene un poco más esa autopercepción de espacio de centroizquierda, sobre todo términos económicos, después en cuanto a actores es más heterogéneo. Sobre todo ahora que se incorpora el resto del peronismo. No parece que el clivaje se proyecte sobre el electorado.

 

*Fernando Manuel Suárez se graduó de profesor en Historia (Universidad Nacional de Mar del Plata), magister en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata, fue becario del CONICET y se encuentra terminando su doctorado en Ciencias Sociales (UNLP). Actualmente es editor de la revista La Vanguardia Digital.