Woodstock: algo más que música

Por Milton Rivera

En 1967 la imagen de Estados Unidos en el mundo corría el riesgo de menguar sorpresivamente. Por esos días el Pentágono veía impávido como sus alrededores se colmaban de manifestantes que protestaban contra la guerra de Vietnam. En eso Marc Riboud, un fotógrafo de la Agencia Magnum, llegaba por la inercia de la marea hasta el cordón policial que defendía el edificio y era testigo de uno de esos momentos con cierta incidencia en la historia. Su cámara captura el instante en que una mujer enfrenta las escopetas y suelta una flor en el interior del cañón: nacía el flower power, y con él un movimiento que explotó dentro de la cultura rock más fuerte que las bombas en la selva. 

Los años 60 fueron un sismo que partió a la sociedad occidental en dos tiempos por muchas cuestiones. Las diferencias entre una generación hija de la Segunda Guerra Mundial, fuertemente disciplinada e impregnada de un nacionalismo oxidado chocaba con el piberío de pelo largo cuya curiosidad era alimentada por las experiencias psicodélicas y la libertad sexual. Si me preguntan a mí, creo que el fenómeno que supo aglutinar toda esta ensalada de diferencias (y que la posteridad reconocerá como factor de unidad) fue el Rock and Roll. La disputa generacional que supuraba la sociedad norteamericana de la guerra fría iba a encontrar su expresión masiva en los conciertos de Woodstock en 1969, donde la cultura hippie congregó 500.000 almas en una granja cerca de Nueva York. 

Vale la aclaración: decenas de festivales posteriores fueron superiores en line up (como se lo llama ahora), en producción artística, en sonido, en organización y rentabilidad. Woodstock fue distinto por otros motivos, fundamentalmente por el contexto social y cultural, pero además por su espontaneidad y frescura. Por el amateurismo y la apropiación juvenil. Por la semilla que plantó y los engranajes que movió. Y por su carácter épico: la lluvia, la noche, las carpas, el viaje, los helicópteros sobrevolando la zona y el país -el mundo- hablando de eso. 

Tan legendario fue el evento que pocos saben lo improbable que parecía cuando surgió la idea. O que ni siquiera fue en Woodstock, sino en Bethel, en la granja de un productor de leche que recibió 75.000 dólares por el alquiler de los tres días. Inicialmente el pueblo predilecto pare sacar adelante semejante festival le cerró las puertas a los organizadores cuando veían que eran jóvenes de 23 años que caían fumando porro y vestidos de mujer. Había una generación que se resistía. No importaba. Michael Lang manejó durante horas hasta terminar metido en un descampado que parecía que la naturaleza había preparado para la ocasión. Una loma iba de menor a mayor desde el alambrado hasta formar una tribuna de césped al fondo haciendo que el escenario se dibujara en la mente del organizador. A las corridas contrataron servicios de comida y telefonía, baños y algún voluntariado médico. Un detalle: se instalaron carpas “para malos flashes”. No era un show más.

Inicialmente se esperaban 35.000 personas, tomando como referencia el Monterrey Pop Festival de unos meses antes que manejaba una cifra similar, pero dos días antes de que sonara el primer instrumento ya caminaban la ciudad esa misma cantidad de jóvenes. Los pronósticos fueron muy pesimistas. Nada salió según lo previsto, pero ese detalle lo hace único. Woodstock fue un desastre natural, fue inevitable. La ola de un tsunami imprevisible que volteó cualquier intento de organización y empapó al mundo de paz y música. Las calles se colapsaron; la lluvia convirtió el terreno en un barrial donde los hippies se desparramaban; los encargados de vender hamburguesas las cambiaban por drogas; el primer día los artistas no sabían el orden de los shows y muchos de ellos no habían cobrado lo prometido. The Who por ejemplo, una de las atracciones principales, amenazó con no salir a tocar hasta no cobrar su plata. Pero el espíritu de la época -y la amenaza de uno de los productores de revelarle a la multitud el motivo de su capricho- los empujó al escenario para hacer vibrar al público.

Entre los artistas que la rompieron una de ellas fue Janis Joplin. Vieja conocida de la contra cultura juvenil, salió a escena en la madrugada del domingo acompañada por la Kozmic Blues Band para interpretar su nuevo repertorio solista. Visiblemente sorprendida por la cantidad de público, antes de tocar su hit Try (just a little bit harder), preguntó cómo venía la cosa abajo del escenario: si tenían lugar donde dormir y qué comer. “No se tienen que bancar cualquier porquería sólo para escuchar música, eso va para los promotores también“, dijo con voz dulce antes de ponerse a gritar desaforadamente. 

The Who era una de las bandas fetiches de los organizadores, que entendieron que un mix entre músicos populares y los nuevos talentos que pululaban pidiendo minutos de escenario como si fuesen pordioseros terminaría conformando una grilla atractiva. Pete Townshend en persona negoció un contrato de 12.500 dólares que terminó sumándose a la larga lista de deudas contraídas por Lang y Kornfeld. La banda estaba en su apogeo no sólo por la conversión de su estilo musical y el estreno de la opera rock Tommy. Sus presentaciones en vivo eran energía pura. Tuvieron un conflicto con Abbie Hoffman, un activista y fundador del Partido Internacional de la Juventud, cuando quiso manotear el micrófono y Townshend le revoleó un guitarrazo en la nuca. “Al próximo lo asesino” -dijo ante la carcajada del público. “No se rían, lo digo en serio”.

Lo que en principio eran tres días de música y paz terminaron siendo cuatro porque el lunes por la mañana tuvo lugar el más memorable de todos los recitales. La lluvia inclemente y las caóticas condiciones organizativas retrasaron la presentación de Jimi Hendrix, que se había encaprichado con cerrar el festival. El tipo salió a tocar a las 8.30 de la mañana como si fuese algo completamente normal que un negro, bandana en la frente y su camisa blanca con flecos, saliese a recibir el sol prendiendo fuego su guitarra. Paradójicamente el show mas recordado es el que contó con menor cantidad de público. La mayoría había emprendido la vuelta a casa muertos de frío, cansados de la lluvia y la intemperie. Fueron casi dos horas de magia en una atmósfera viciada por los punteos de Hendrix. En el medio se le cortó una cuerda mientras tocaba Red House, invitó a cantar a Larry Lee -quien había compuesto algunos temas del repertorio- y cerró con el que luego se convertiría en el himno de Woodstock: una versión distorsionada y agónica de The Star-Spangled Banner (el himno de Estados Unidos). Toda una declaración de principios. Las notas parecían llantos de protesta por la guerra.

Como la desconcentración fue progresiva, la armonía duró hasta el último instante. Lo que se preveía un caos, una invasión agresiva de manifestantes anti-sistema, terminó siendo todo lo contrario. A pesar de los intentos -por izquierda y derecha como quién dice- de desestabilizar la paz y el verdadero espíritu del evento, Woodstock es recordado una vez más como un movimiento que aglutinó los síntomas de una época, conflictiva y dispar en muchos aspectos, pero con la potencia propia de la esperanza. “Son los chicos más buenos y educados con los que me crucé en mis 24 años como policía”, dijo Lou Yank, el jefe de policía de la zona. Incluso la Revista Time lo definió como el “mayor acontecimiento pacífico de la historia”. La grieta generacional encontró algunos puentes. Sin líderes ni referentes, la música fue el principal arquitecto.

Solo Rock & Roll

Por Milton Rivera

Un tipo de más de 70 años mueve el esqueleto y corre para allá y para acá sobre un escenario. Suena un hip hop de esos modernos que lo hacen mover los hombros, improvisar unos pasos en la pasarela larga y angosta que se abre paso en donde dentro de unas horas 50.000 personas van a estar saltando enloquecidas por el viejito. 74 años para precisar, y alrededor de 360 millones de dólares en el bolsillo. Y el pelo siempre igual –un poco más pajoso, a veces más dorado- se le escapa por debajo de la gorra. La escena es del año pasado: los Rolling Stones tocan en Croke Park cerrando su gira número 45 y Mick Jagger entra en calor como si fuera 1963. Como si la adrenalina fuera la de la primera vez, el hambre fuera el de esos años y las ganas de dar el mejor espectáculo de todos siga intacta. El 20 de abril llega la número 46 y vamos a poder ver repetirse ese ritual otra vez. La mejor banda en vivo de la historia no se cansa y nos regala otro motivo para creer que no todo está perdido en el nuevo panorama idealizador del indie y el trap. Empieza el No filter tour por Estados Unidos.

Anda circulando una foto a modo de reto: te ofrecen 9 pastillas, cada una con un beneficio específico, y sólo podes elegir dos. Son esos desafíos virales que están de moda. Unos cuantos acomplejados con su altura eligen ser 5cm más alto; algún meloso encontrar a su media naranja; otro bastante superficial quiere ser famoso, o tener un millón de seguidores en redes. Para mí es muy fácil: viajar en el tiempo. 17 de octubre 1973, Forest National Arena, Bruselas. Los Stones nivel dios. Mick Taylor en su apogeo, Jagger endemoniado y Richards tocando la guitarra rítmica más fina desde siempre. Cinco londinenses atrevidos desafiaron al gobierno francés que había prohibido una presentación en suelo galo por asuntos relacionados a las drogas durante la grabación de Exile en 1971. Lo hicieron en Bélgica y se podía ver como cantidades de personas cruzaban la frontera a pie sin más equipaje que una lengua estampada en la remera.

2012StoneGallery13JimMarshall261112

Estos shows, como el del ’69 en Hyde Park dos días después de la muerte de Brian jones, o la gira norteamericana del ’72, dieron vida a la leyenda. Fueron recitales épicos. Combinaban el nivel musical con una sensación de peligro que se metía en el escenario cuando ellos salían y que invadía a la multitud. Era Jagger mimetizado con el público, que le pertenecía. Eran los disturbios, y las arengas. La imagen de antihéroes que contrastaba con la de los Beatles. Era la insatisfacción a la que supo ponerle melodía Keef. “La insatisfacción con la generación que gobierna el mundo”, y con la que la juventud de los ’70 se vio personificada. El bajo perfil en vivo y las pocos shows que ofrecían los músicos en auge de esa época, pusieron a los Rolling Stones en un lugar de protagonismo hasta a veces dañino. El peligro podía mutar de sensación a violencia explícita, como en Altamont 1969: un tipo apuñalado hasta la muerte en medio de Under my thumb.

Pero los que abrirán la gira en Miami son otros. Es perjudicial imaginarlos como se los ve en el documental pirata Cocksucker Blues, de los años frenéticos: reventados y enérgicos, contestatarios, al límite, festivos y descontrolados: jóvenes. Ahora, sin Taylor, sin Bill Wyman, Con Ron Wood, con cincuenta años más, rescatados y con familias, con proyectos, con ideas diferentes: viejos. El espíritu Stone no se marchita, no envejece ni se esfuma con el soplido de unos cuantos años. Sino recordemos el recital gratis en suelo cubano, una cuenta pendiente: 50 años esperándolos, reza una bandera que flamea en la fila que se forma para entrar al predio. En un lugar donde la educación, la salud y tantas otras cosas son gratis, la asistencia al show no podía ser de otra manera. Un millón de personas se mezclaron en un picnic multicultural propio de la variedad antillana que camina la isla todos los días. Los Stones se dieron cita con la historia derribando un muro absurdo con los cimientos ya endebles, y le agregaron un condimento musical y cultural a la posibilidad de reestructuración y nueva interpretación de la sociedad cubana. Es que al final, de eso se trata el rock & roll.

Keith Coors_Web980px

Si todavía son noticia no sólo es por lo que representa como ícono la lengua afuera, también por un panorama en decadencia de los grupos de estadios. Antes aprovecharon la poca participación en directo que tenían Dylan y los Beatles y se pusieron el mundo sobre los instrumentos; hoy el escenario mundial tampoco está colmado de rockeros y ellos son un paréntesis eterno en un ambiente de lluvias raperas, snob, pop cósmicas (o rockeras de bajo vuelo). ¿Quién puede negar que el mundo está contaminado por ellos? García Márquez decía que la nostalgia siempre empezaba por la música: sólo sentimos pasar nuestro pasado personal cuando se termina un disco. Esperemos que este, el que reproduce su vida como grupo musical, no se acabe nunca. Están acá para recordarnos: es sólo rock and roll, pero… ¡Carajo que nos gusta!